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18 de noviembre de 2010

La Trama XI. Una coincidencia.

En capítulos anteriores.
Laura es una chica que se ha visto perjudicada por la huelga de trenes. Ha tenido que coger un autobús repleto rumbo a Sevilla en la estación de Córdoba. Allí mantiene una breve conversación con una anciana que resulta ser la abuela del tipo (Édgar) que en los andenes mira cómo el andén número 22 no existe.
El autobús termina teniendo un accidente junto a un pueblo. Laura sobrevive gracias a la ayuda del mismo hombre que vio en la estación de autobuses.
Sin embargo, aunque ella no lo sabe, fue otra persona la que le salvó de la muerte: César.
César es un chico deprimido. Acaba de perder a su hermana Lidia, víctima de un asesinato. Se dirige a Sevilla caminando por motivos desconocidos aun. Durante la caminata se encuentra con el accidente y salva la vida de Laura. También le roba la cartera al abuelo de Édgar, en cuyo interior encuentra la tarjeta de visita de Damián, quien parece ser su enemigo.
Damián es el tío de Laura. Se dirige a Sevilla al no poder ir ella y así cumplir con un encargo que le encomendó y del que ella poco sabe. Durante el viaje hace una parada cerca del pueblo donde se produjo el accidente. Allí encuentra con que una misteriosa Cleo ha escapado de una especie de prisión en la que estaba enclaustrada.
Édgar también debe ir a Sevilla. Su abuela le implora que deben ir y le enseña un símbolo dibujado en un papel que su abuelo le dio antes de morir. Le dice a su nieto que deben entregarle ese papel a Damián.
Si quieres conocer mejor la historia busca los capítulos anteriores.
¿Quién es Cleo? ¿Qué es ese extraño símbolo? ¿Cómo se produjo el accidente? ¿Por qué apareció Édgar en él? ¿Cuál es la relación entre César y Damián? ¿Quiénes son los asesinos de Lidia, la hermana de César? Muchas preguntas y otras que no escribo. Se responderán en los próximos capítulos. Vamos a verlo.

La Trama XI. Una coincidencia.
La taza de café humeaba. La espera para que el líquido se enfriara era el primer descanso que había tenido en toda la noche. Pero no iba a poder permanecer por mucho tiempo en aquel bar. Le esperaba un viaje a Sevilla de al menos una hora.
Édgar tenía la mirada perdida, apoyaba sus codos sobre la mesa donde descansaba el pesado lastre que era su cuerpo en aquel momento. Sus manos rodeaban el café buscando algo de consuelo para el frío que estaba empezando a hacer.
Su abuela aun permanecía inquieta. Mantenía una postura tensa y los ojos muy abiertos. No la había visto derramar una sola lágrima durante el entierro de su abuelo. Edgar advertía que esa tristeza era contenida por un sentimiento que en ocasiones puede ser mucho más poderoso que cualquier otro: el miedo.
No había vuelto a verla tranquila desde la noche anterior, cuando se la encontró sentada en la camilla del ambulatorio sosteniendo un trozo de papel en el que había dibujado un extraño símbolo. Sus ojos verdes palpitaban fuego, igual que en ese momento.
- Son las doce Édgar. Debemos salir cuanto antes. A las dos suele haber mucho tráfico en Sevilla y no quiero que nos retrasemos más.
Édgar asentía distraído. Había pasado toda la noche bajo una presión similar. Tuvo que preparar el entierro de su abuelo a contra reloj. Se habían estado mezclando a lo largo de las horas las disputas, negociaciones y demás decisiones banales con la dolorosa sensación de vacío que deja la ausencia de un ser querido.
Sin embargo, entendió que debía ser fuerte ante aquellas circunstancias. Por primera vez en su vida se había sentido verdaderamente adulto y se empezaba a dar cuenta de que eso no era nada fácil. Cuando uno no sabe de qué consejo hacer caso y de cuál ha de huir, tiene que basar su actuación en función de su propio instinto, le pese a quien le pese. Tal vez por eso...
- Abuela, ¿qué es lo que realmente vamos a hacer en Sevilla? - Recalcó aquel "realmente" para hacerle saber que creía que no le estaba contando toda la verdad.
La pregunta y su tono sorprendió al propio Édgar, que no se reconoció. Obedecer sin hacer preguntas era lo que le habían enseñado a lo largo de su vida, desde que quedara bajo la tutela de sus abuelos. Pero tal vez aquel chico había crecido, tal vez había llegado la hora de dar un paso adelante, sintió que tal vez debía ocupar el lugar dejado por su abuelo. pero no sabía que ese lugar ya tenía dueña: su abuela.
- Ya te lo dije anoche. Vamos a entregarle a Damián, el jefe de tu abuelo, el papel que te enseñé anoche.
El silencio que guardó durante unos segundos fue motivado porque él nunca había sabido cuál era exactamente el oficio de su abuelo. Decidió obviar esa pregunta por parecerle que su abuela le reprocharía que aun no lo supiera.
- ¿Qué significa ese símbolo?
- Espero que Damián nos lo pueda decir. - Sonreía cansada, ocultando la verdad. Desvió la mirada para no sostener la mentira. - Vamos, no te quedes ahí.
- Espera abuela, otra cosa. - Estaba serio, hablaba con gravedad. - ¿Por qué estas prisas? ¿De verdad era tan necesario enterrar al abuelo en este pueblo? ¿No pudimos llevarlo a casa y después...
- ¡No! Mira, tenemos prisa y no podíamos retrasar más nuestra llegada a Sevilla. Tu abuelo manejaba un asunto de vital importancia con ese Damián. - Era la primera vez que la oía hablar del jefe de su abuelo con cierto odio. - Además, seguramente no sepas que tu abuelo y yo crecimos en un pueblo que no está muy lejos de aquí...
- Ni siquiera sé como se llama éste.
- Estamos en La Carlota y nosotros somos de una aldea llamada La Guijarrosa. - Suspiró.- Escúchame, él hubiera querido que hiciésemos las cosas así. No le des más vueltas.
No muy satisfecho con las explicaciones recibidas, salieron del bar. Como de costumbre, echó un vistazo para ver si se olvidaba algo y de repente se acordó de su hermano.
- ¿Crees que Rubén estará bien con ese tipo?
- Tranquilo, Mateo es un buen tipo y un amigo. No ha puesto ningún inconveniente en cuidar del niño.
- Los pondrá cuando acabe el día, seguro. - Rubén era un niño inquieto, casi insoportable.

El coche atravesaba el pueblo sobre un molesto adoquinado en busca de la salida a la autovía que habría de conducirlos hasta Sevilla.
Junto a una glorieta, Édgar vio a un chico haciendo autoestop. Era el mismo que salió corriendo cuando lo vio aparecer en el accidente. Decidió parar. Hacía frío y llevaba a penas una camiseta rasgada y unos pantalones sucios.
La abuela miró a su nieto con cara de sorpresa, pero retuvo sus palabras al ver más de cerca la cara de aquél autoestopista.
Se abrió la ventanilla del coche y desde su interior se pudo escuchar un "¡sube, te llevamos!".
- ¿A dónde vas, chico? - preguntó el conductor.
- Voy a Sevilla, pero me valdrá donde me dejen, había pensado llegar hasta Écija para coger el autobús que sale a la una...
- No te preocupes chaval, nosotros también vamos a Sevilla. Ha tenido suerte. ¡Qué coincidencia! ¿no es cierto? - Trató de simpatizar con él.
- No creo que sea una coincidencia demasiado grande. - Intervino la abuela. Volvió la cabeza hacia el asiento trasero y clavó sus ojos verdes en los suyos. - Hola César.
Un incómodo silencio invadió el habitáculo.
- Señora, yo no la conozco...
- Pero yo a ti sí. - Y devolvió su vista a la carretera.

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10 de abril de 2010

La Trama VII. La entrega.

- El autobús viajaba lleno. Cincuenta y cinco personas incluyendo al chófer. De ellos, han salido sin un rasguño treinta y cinco, los que viajaban delante. Del resto sabemos que diez no han sobrevivido y están heridos los demás. Cuatro están muy graves, aun estamos recogiendo personas del allí...

Edgar escuchaba al enfermero desde el fondo del pasillo, en la sala de espera del ambulatorio del pueblo junto al que se había producido el accidente. Sabía que su abuela era una de esas heridas y que su abuelo no había sobrevivido. Estaba de pie, no podía parar de caminar. Miraba al suelo, atribulado por su nerviosismo. Sus manos iban de un lado a otro. Tan pronto las tenía en los bolsillos, como en su nuca o restregándolas por sus mejillas. Aun no había podido asimilar la muerte de su abuelo y el pensamiento de perderla a ella también se empezaba a apoderar de su cabeza. Eran la únicas personas que le habían ayudado realmente, tanto a él como a su hermano.

- ¿Familiares de Márquez Salado?
- Aquí - Edgar levantó la cabeza y con los ojos muy abiertos apremiaba al celador para que le informase. Márquez Salado eran sus apellidos.

Se trataba de un señor que parecía que pretendía transmitir tranquilidad a todos los presentes. Sus movimientos eran desesperadamente lentos, su gesto transmitiía seriedad y desde su voz se intuía a una persona segura:

- Te cuento, el pequeño está bien. Asustado y nervioso, así que le hemos dado un valium y está a punto de dormir...
- ¿Cómo está mi abuela? - Edgar ya sabía que su hermano Rubén estaba bien, le inquietaba más el estado de la anciana.
- Tu abuela se recupera. No será necesario llevarla a Córdoba. Tiene unas cuantas heridas pero ninguna de gravedad ni tampoco en zonas delicadas, como pudiera ser la cabeza o el pecho. Ahora te la llevarás a casa y que descanse. Que venga mañana para que comprueben los compañeros que no ha empeorado en nada ni ha surgido ningún síntoma que ahora no se vea.

Edgar suspiró, aunque el dolor por su abuelo aun le quemaba. ¿Lo sabría ella? ¿Tendría que decírselo él?

- ¿Puedo verla?
- Puedes llevártela - el tipo sonrió con tranquilidad - Pero antes quisiera informarte de la chica que has traido...
- No la conozco - Le interrumpió.

Estaba muy nervioso. No tenía tiempo para aquello. Sólo tenía en mente el poder estar con su abuela.

- No se quién es. Un chico la estaba ayudando y cuando vi que iba a moverla me ofrecí para ayudarle... bueno... en realidad, en cuanto me vio dispuesto a ayudarle salió corriendo... No se nada de la chica. La subí en mi coche con mi abuela y mi hermano y dejé...

En ese momento recordó que dejó a su abuelo en el suelo. Fue su abuela la que le había dicho que lo dejara allí, que no podría hacer nada por él. Sintió alivio al darse cuenta de que no tendría que darle la mala noticia. Pensó que estaría abatida y sintió el deseo de ir a consolarla. Sin más preguntas, dejando al celador atrás con la palabra en la boca, recorrió el pasillo y encontró la puerta que daba acceso a la habitación donde estaba ella.
La encontró en un estado de agitación inimaginable. No se mostraba abatida, pero sí nerviosa. No asomaban lágrimas en sus ojos, era miedo lo que Edgar percibió.

- ¡Edgar! Tenemos que ir.
- ¿A dónde abuela?
- No hay tiempo... tenemos que ir...
- Abuela, - trató de calmarla - ahora vamos a casa a descansar. Mañana tenemos muchas cosas que hacer...

Hablaba encubiertamente del entierro del abuelo y ella lo entendió enseguida. Tomó aire tratando de calmarse y levantó las manos para tomar la palabra. Edgar se quedó con la frase sin terminar.

- Tenemos que preparar el funeral esta noche y mañana será el entierro. Después tenemos que cumplir con la voluntad de tu abuelo.

Edgar la miró con gesto inquisitivo y, antes de que pudiera preguntar nada, ella sacó de su bolsillo un papel arrugado en el que a duras penas se podía distinguir un dibujo que no pudo reconocer.
- Antes de morir, me dijo que tenía que entregarle esto a Damián antes del Domingo.
- ¿Quién es Damián? - Contestó Edgar.

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9 de marzo de 2009

La Trama II

No estaba allí. Lo comprobó en tres ocasiones y llegó a esa conclusión. Edgar ladeó la cabeza y frunció el ceño. Observó una vez todo cuanto acontecía a su alrededor. Personas sin ninguna relación entre sí caminaban abriéndose paso para llegar a lugares que les llevarían a otros más lejanos. La estación de autobuses de Córdoba presentaba un aspecto demasiado metropolitano para su gusto.

Veía cómo grandes pilas de maletas y bolsos eran encerradas en el interior de autobuses de más de cincuenta plazas, todas ellas ocupadas. Asistía a las frecuentes discusiones entre empleados de la estación y los viajeros irritados que habían tenido algún tipo de problema con billetes. Era evidente que aquel día, por la razón que fuese, no era un día cualquiera en la estación. Muchísima gente se agolpaba en las ventanillas y se formaban grandes colas cuando llegaba la hora de subir a los autobuses. Aquello le hizo deducir que los autobuses estaban al completo y observó que algunas compañías habían decidido ofrecer dos autobuses para poder satisfacer la demanda existente en aquella tarde de domingo de Septiembre.

"Todo el mundo que pasa el fin de semana aquí, vuelve o se va a casa los domingos, debe ser normal todo esto", pensó mientras devolvía la vista al libro que sostenía entre sus manos.

Fue el ruido que hizo en su salida el autobús que había estado aguardando durante más de una hora en la dársena número veintitrés la que le hizo devolver la mirada al techo de la estación. De él colgaban unos tubos de plástico rígido que se remataban en una especie de farolillos en el que se indicaban los números de la dársena sobre la que estaban situados.
Volvió a echar un vistazo a todos los artefactos que tenía a su alrededor. Buscó cada uno de los números por orden de menor a mayor y los relacionó con la dársena a la que hacían referencia. "Quince, dieciséis, ..., veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés". En esta ocasión se terminó de convencer. El farolillo número veintidós no estaba sobre ninguna dársena.
A Edgar le parecía un error tan claro en la organización de la estación que decidió que no podía ser casual. ¿Pero qué causa podría haber motivado este hecho? Tuvo entonces un largo momento de abstracción del mundo. Quedó paralizado con la vista perdida en el infinito mientras trataba de imaginar mil y una historias que pudieran responder a su cuestión. Cuando salió del trance cayó en la cuenta de que, sin quererlo, había depositado su mirada en los ojos azules de una mujer rubia que le regalaba una sonrisa desde su asiento en el autobús de la dársena veintiuno.




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