7 de enero de 2013

El oro de la Torre del Oro.

Corriendo detrás de La Verdad, entendí la teoría de Einstein: era imposible acariciar o tocar a esa perra. En lugar de "La Verdad" deberían haberla llamado "Escurridiza", "Babosa" o "Cansina" por poner algunos ejemplos de nombres que combinaban mucho más con la personalidad de la perra de mi amigo.

Se trataba de una galga corriente y moliente que Einstein llevaba a cazar liebres tres o cuatro veces al año cuando se abría la veda en Otoño. "Para que se desfogue" me decía Einstein, que no era muy cazador que digamos. Esto de "que se desfogue" no lo entendía muy bien: Podía salir con ella siempre que quisiera para que corriera libremente por sus tierras. Vivía en el campo, rodeado de los olivares y campos de trigo tan típicos de aquella campiña cordobesa capaz de cubrir de luz y calor cualquier día del año. 

Sin embargo, nunca fui del agrado de contradecir al enigmático Einstein. Y aquel día, tras agotarme físicamente corriendo detrás de aquella galga negra con un lunar blanco en la frente, comprendí que tampoco se había equivocado en lo referente a lo de tocarla. No conseguí alcanzarla en ninguna de mis intentonas.

La verdad es que Einstein era un tipo de lo más particular. Su mote no provenía solamente de que siempre o casi siempre tuviese razón de una forma casi odiosa; todo lo defendía, todo lo discutía y no paraba hasta que uno terminaba cediendo a sus argumentos admitiéndolos como verdades universales. También jugaba a su favor el aspecto desaliñado que poseía la mayor parte del tiempo y las canas que poblaban un pelo normalmente alborotado. El día en el que le pusimos el mote es digno de contar, pero no será hoy...

Hoy toca contar la historia de la perra.

Como ya he dicho, aquel día estaba con mi amigo tratando de alcanzar a La Verdad. Mi amigo no la soltaba nunca porque el animal era muy dado a reírse de cualquier ser humano que tratase de echarle mano. En aquella ocasión la perra corría libremente por las tierras de Einstein porque éste pretendía demostrar que tenía razón de forma empírica.

- Es arisca la perra - Acababa de fracasar en mi enésima carrera.

- No es que sea arisca. - Lucía su siempre enervante media sonrisa. - Está jugando contigo. No se va a dejar coger.

- Y entonces ¿cómo piensas cogerla?

Einstein achinó los ojos, chupó por última vez el cigarrillo que estaba fumando y levantó el brazo señalando el horizonte.

- ¡Perra vete!

La Verdad, que hasta aquel momento, estaba babeando y ladrando mientras brincaba alrededor de nosotros se paró en seco y se quedó mirando fijamente a su dueño durante unos segundos. Acto seguido bajó la cabeza emitiendo un gemido lastimero y se acercó lentamente a su dueño. Einstein la asió por el collar y le echó la correa.

- Impresionante. - Estaba boquiabierto, desconcertado.

Mi amigo, que no pudo evitar la tentación de encenderse otro cigarro para hacer la situación lo más peliculera posible, miró a la perra con una sonrisa llena de ternura.

- Esta perra lo entiende todo al revés. No me preguntes cómo ni por qué. Desde pequeña ha sido así. Ni por gestos ni por palabras. No hay nada que hacer con ella.

Me quedé serio, consciente del problema que eso podría suponer para el dueño de un animal con esa característica.

- ¿Te he contado alguna vez cómo La Verdad me salvó la vida?

Le sonreí incrédulo. Me resultaba difícil de asimilar como cierto que mi amigo hubiera sido testigo del acto heroico de una galga salvándole la vida.

- Ven. Tomemos un café.

En el interior de su casa a la lumbre del fuego de la chimenea y el amparo de un buen café me contó una historia que ahora paso a contaros yo a vosotros.

***

Corría el año mil novecientos noventa y tres. Einstein, cuyo verdadero nombre es Torcuato de la Obra del Olmo - y así lo llamaré de ahora en adelante aunque él trata de ocultarlo a todo el mundo -, trabajaba en aquel tiempo como arqueólogo en unas excavaciones próximas a la Torre del Oro en Sevilla. Parece ser que mi amigo buscaba un tesoro perdido durante la época en la que llegaban riquezas a espuertas de la recién descubierta tierra americana.

Llevaba ya un año trabajando en aquel proyecto y no había pasado ni un solo día en el que no recibiese la llamada del Jefe de Policía Nacional en Sevilla, D. Gilberto Manzanares, preguntándole por el estado de las excavaciones.

D. Gilberto excusaba su insistencia y su interés en las obras aludiendo a razones de "bienestar de los sevillanos que ven perjudicados su nivel de vida a causa de una obrillas que no dan ningún tipo de fruto, que no van a ninguna parte y que entorpecen la correcta circulación de los vehículos en una de las arterias principales de la ciudad". Pero Torcuato sabía que era otra la motivación que empujaba a D. Gilberto a interesarse por sus excavaciones: el oro. Y Torcuato sabía esto porque no es ningún mindundi y se había fijado en que hacía alusión en demasiadas ocasiones a la cantidad de oro que podría haber allí.
La insistencia del Jefe de Policía llegó hasta tal punto que, cuando Torcuato anunció a las autoridades el descubrimiento de cincuenta lingotes de oro con el sello del Reino de España encontrados junto a los cimientos de la Torre del Oro, automáticamente se puso en marcha un dispositivo policial que acordonó toda la zona impidiendo la entrada de ningún ser viviente. Incluso mi amigo se vio impedido de acceso.

Todo olía a chamusquina. Torcuato se vio en la obligación moral de tratar de averiguar algo más sobre lo que estaba ocurriendo allí, por lo que decidió colarse dentro de las obras una noche de Abril. Era el mejor momento para hacerlo. Había Feria en la ciudad, un cielo encapotado cubría la luna y las estrellas que solían iluminar el río Guadalquivir situado junto a la Torre del Oro. No le resultó difícil llevar a cabo esta empresa ya que no había nadie que conociera las obras mejor que él.

Dentro de las obras encontró todo un batiburrillo de planos de la ciudad con unos puntos marcados. Unas anotaciones junto a cada marca hacían intuir que se estaban planeando una serie explosiones en los barrios de Triana, La Macarena, Santa Cruz, Los Bermejales y Sevilla Este; y en los puentes de Triana, del Centenario y del Alamillo. Todo un caos de destrucción distribuido de forma errática y carente de sentido. ¿Por qué no atacar la Plaza del Ayuntamiento o la Catedral? ¿Por qué no derribar todos los puentes de la ciudad en lugar de solo tres? Torcuato olvidó rápidamente este y otros asuntos y dirigió sus pensamientos al tema de la financiación: todo lo que estaba viendo sería pagado con los lingotes de oro que él había encontrado.

Torcuato comprendió que era inútil acudir a las autoridades puesto que no podía saber en quién confiar. Estaba claro que la Policía estaba metida de por medio. Así que decidió que tenía que robar el oro y esconderlo donde nadie pudiera encontrarlo mientras decidía lo que hacer con él.

Como tras el robo tendría que salir de la ciudad lo más rápido posible, metió a su perra junto con lo indispensable en el interior de su Citroën C15 y se dispuso a ejecutar su plan. Para llevarlo a cabo tuvo que valerse de la ayuda de un joven trianero de nombre Ahmed a quien convenció fácilmente, sin muchas explicaciones, diciéndole que obraba de buena ley y que nada pesaría sobre su conciencia si hacía lo que le decía. Era un chico bastante ingenuo que trabajaba para él y que se vendía fácilmente por unas cuantas pesetas.

Pero no todo salió bien. D. Gilberto que, por lo que se ve, algo se había olido, los sorprendió ejecutando el robo. El Jefe de la Policía de Sevilla no dio muchas explicaciones cuando los sorprendió.

La noche encapotada los cubría. El ruido del tráfico circundante ensordecía cada acción. La C15 estaba junto al vallado de las obras. No se podía ver el exterior ya que el Ayuntamiento, previendo que las excavaciones durarían demasiado tiempo, había cubierto el vallado de unos tres metros de altura con una lona en la que se podía ver desde el exterior el dibujo de tres navíos de la era colonial americana.

- Quietos cabrones. - D. Gilberto sostenía una pistola que tenía colocada un silenciador.

- Vete a la mierda Manzanares. ¿Qué vas a hacer con el oro?

Gilberto miró el revoltijo de papeles que había tras mi amigo y el chico llamado Ahmed. Comprendió que no había solución:

- Voy a tener que mataros por entrometidos.

La perra de Torcuato, había saltado de la C15 y ladraba insistentemente al policía.

- ¡Fuera de aquí chucho! - Con la mano que le quedaba libre, lanzó una piedra que impactó en el costado de La Verdad.

Torcuato nunca había visto a su perra tan alterada. Era una furia impropia de ella. Se abalanzó con tal rapidez sobre D. Gilberto que éste cayó al suelo presa del pánico y de las fauces de la galga.

Los ladrones aprovecharon la ocasión para coger tres lingotes más de oro y salir corriendo. Habían conseguido más de las tres cuartas partes de la mercancía por lo que mi amigo supuso que el objetivo del robo estaba conseguido. Impediría el atentado que se estaba planeando.

Lograron salir de la ciudad pero, por la seguridad de ambos, Torcuato y Ahmed tomaron caminos diferentes. No fue una despedida amistosa puesto que Ahmed no sabía de la gravedad del asunto en el que se había metido y fue eso lo que le echó en cara a mi amigo fruto de su desesperación. Nunca más se han vuelto a ver.

Mi amigo se escondió en Venezuela durante dos años. Luego volvió con otro rostro y otro nombre.

***

- ¿Dónde está ese oro ahora Einstein? - Le pregunté yo el día en que me contó todo esto.

- Es mejor que no lo sepas. - Cabeza gacha, mirada perdida.

- ¿Por qué has vuelto a España?

- Es mejor que no lo sepas. - Mi amigo estaba peliculero a tope.

- Comprendo. ¿y por qué me has contado todo esto?

- Porque quizá algún día tengas que saberlo.

Silencio.

File:Torre del Oro Guadalquivir Seville Spain.jpg



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Para más historias:
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8 comentarios:

  1. Qué buena historia ha traído la frase de este relato semanal, sí. Me han encantado los personajes y la historia que hay tras la perra.
    ¡Felicidades por la historia! ¡Nos leemos, cuentacuentos!

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    1. Muchas gracias!! Me alegra que te haya gustado.

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  2. Eres listo compañero... que no había caído yo en dejar de lado al verdadero Einstein... Me gusta tu historia, sé que ultimamente no te digo otra cosa pero es lo que hay, me gusta además que nos hagas conocer lugares de tu Andalucía, que teniendo en cuenta que no me gusta nada Sevilla, has conseguido que no me rechine esa torre en la historia.
    Un besote.

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  3. No sabía que no te gusta Sevilla jaja. La verdad es que la historia inicialmente iba a transcurrir en Málaga, luego salté a Córdoba... pero finalmente comprendí que todo cuadraba mucho más y mejor en Sevilla, junto a la Torre del Oro...

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  4. Ala! cuánto misterio! me gusta que hayas sorprendido con un uso diferente de la frase, cada vez que vengo por aqui aprendo algo nuevo, historia, leyendas, que será lo próximo? bessos!

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  5. Poder con la frase en su más bello sentido, desposeerla de su coraza y descubrirnos cuantas opciones puede ofrecer. Es magnífico sentir esa posibilidad.
    Tu historia una vez mas con sabor a lo cercano, a una narración mas que leída escuchada, es de oro!

    Un abrazo

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  6. Me ha gustado mucho el que hayas llevado la frase a tu terreno y te hayas buscado tu propia Verdad, teoría e incluso tu propio Einstein. Tambien tu forma de contar la historia, tan cercana, como si realmente fuese tu amigo ese Einstein tuyo tan particular.

    Feliz año!!

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  7. Que bueno, no me esperaba que alguien pudiese darle ese calibre a la frase. Felicidades, me ha encantado.

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