Mostrando entradas con la etiqueta Damián. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Damián. Mostrar todas las entradas

18 de noviembre de 2010

La Trama XI. Una coincidencia.

En capítulos anteriores.
Laura es una chica que se ha visto perjudicada por la huelga de trenes. Ha tenido que coger un autobús repleto rumbo a Sevilla en la estación de Córdoba. Allí mantiene una breve conversación con una anciana que resulta ser la abuela del tipo (Édgar) que en los andenes mira cómo el andén número 22 no existe.
El autobús termina teniendo un accidente junto a un pueblo. Laura sobrevive gracias a la ayuda del mismo hombre que vio en la estación de autobuses.
Sin embargo, aunque ella no lo sabe, fue otra persona la que le salvó de la muerte: César.
César es un chico deprimido. Acaba de perder a su hermana Lidia, víctima de un asesinato. Se dirige a Sevilla caminando por motivos desconocidos aun. Durante la caminata se encuentra con el accidente y salva la vida de Laura. También le roba la cartera al abuelo de Édgar, en cuyo interior encuentra la tarjeta de visita de Damián, quien parece ser su enemigo.
Damián es el tío de Laura. Se dirige a Sevilla al no poder ir ella y así cumplir con un encargo que le encomendó y del que ella poco sabe. Durante el viaje hace una parada cerca del pueblo donde se produjo el accidente. Allí encuentra con que una misteriosa Cleo ha escapado de una especie de prisión en la que estaba enclaustrada.
Édgar también debe ir a Sevilla. Su abuela le implora que deben ir y le enseña un símbolo dibujado en un papel que su abuelo le dio antes de morir. Le dice a su nieto que deben entregarle ese papel a Damián.
Si quieres conocer mejor la historia busca los capítulos anteriores.
¿Quién es Cleo? ¿Qué es ese extraño símbolo? ¿Cómo se produjo el accidente? ¿Por qué apareció Édgar en él? ¿Cuál es la relación entre César y Damián? ¿Quiénes son los asesinos de Lidia, la hermana de César? Muchas preguntas y otras que no escribo. Se responderán en los próximos capítulos. Vamos a verlo.

La Trama XI. Una coincidencia.
La taza de café humeaba. La espera para que el líquido se enfriara era el primer descanso que había tenido en toda la noche. Pero no iba a poder permanecer por mucho tiempo en aquel bar. Le esperaba un viaje a Sevilla de al menos una hora.
Édgar tenía la mirada perdida, apoyaba sus codos sobre la mesa donde descansaba el pesado lastre que era su cuerpo en aquel momento. Sus manos rodeaban el café buscando algo de consuelo para el frío que estaba empezando a hacer.
Su abuela aun permanecía inquieta. Mantenía una postura tensa y los ojos muy abiertos. No la había visto derramar una sola lágrima durante el entierro de su abuelo. Edgar advertía que esa tristeza era contenida por un sentimiento que en ocasiones puede ser mucho más poderoso que cualquier otro: el miedo.
No había vuelto a verla tranquila desde la noche anterior, cuando se la encontró sentada en la camilla del ambulatorio sosteniendo un trozo de papel en el que había dibujado un extraño símbolo. Sus ojos verdes palpitaban fuego, igual que en ese momento.
- Son las doce Édgar. Debemos salir cuanto antes. A las dos suele haber mucho tráfico en Sevilla y no quiero que nos retrasemos más.
Édgar asentía distraído. Había pasado toda la noche bajo una presión similar. Tuvo que preparar el entierro de su abuelo a contra reloj. Se habían estado mezclando a lo largo de las horas las disputas, negociaciones y demás decisiones banales con la dolorosa sensación de vacío que deja la ausencia de un ser querido.
Sin embargo, entendió que debía ser fuerte ante aquellas circunstancias. Por primera vez en su vida se había sentido verdaderamente adulto y se empezaba a dar cuenta de que eso no era nada fácil. Cuando uno no sabe de qué consejo hacer caso y de cuál ha de huir, tiene que basar su actuación en función de su propio instinto, le pese a quien le pese. Tal vez por eso...
- Abuela, ¿qué es lo que realmente vamos a hacer en Sevilla? - Recalcó aquel "realmente" para hacerle saber que creía que no le estaba contando toda la verdad.
La pregunta y su tono sorprendió al propio Édgar, que no se reconoció. Obedecer sin hacer preguntas era lo que le habían enseñado a lo largo de su vida, desde que quedara bajo la tutela de sus abuelos. Pero tal vez aquel chico había crecido, tal vez había llegado la hora de dar un paso adelante, sintió que tal vez debía ocupar el lugar dejado por su abuelo. pero no sabía que ese lugar ya tenía dueña: su abuela.
- Ya te lo dije anoche. Vamos a entregarle a Damián, el jefe de tu abuelo, el papel que te enseñé anoche.
El silencio que guardó durante unos segundos fue motivado porque él nunca había sabido cuál era exactamente el oficio de su abuelo. Decidió obviar esa pregunta por parecerle que su abuela le reprocharía que aun no lo supiera.
- ¿Qué significa ese símbolo?
- Espero que Damián nos lo pueda decir. - Sonreía cansada, ocultando la verdad. Desvió la mirada para no sostener la mentira. - Vamos, no te quedes ahí.
- Espera abuela, otra cosa. - Estaba serio, hablaba con gravedad. - ¿Por qué estas prisas? ¿De verdad era tan necesario enterrar al abuelo en este pueblo? ¿No pudimos llevarlo a casa y después...
- ¡No! Mira, tenemos prisa y no podíamos retrasar más nuestra llegada a Sevilla. Tu abuelo manejaba un asunto de vital importancia con ese Damián. - Era la primera vez que la oía hablar del jefe de su abuelo con cierto odio. - Además, seguramente no sepas que tu abuelo y yo crecimos en un pueblo que no está muy lejos de aquí...
- Ni siquiera sé como se llama éste.
- Estamos en La Carlota y nosotros somos de una aldea llamada La Guijarrosa. - Suspiró.- Escúchame, él hubiera querido que hiciésemos las cosas así. No le des más vueltas.
No muy satisfecho con las explicaciones recibidas, salieron del bar. Como de costumbre, echó un vistazo para ver si se olvidaba algo y de repente se acordó de su hermano.
- ¿Crees que Rubén estará bien con ese tipo?
- Tranquilo, Mateo es un buen tipo y un amigo. No ha puesto ningún inconveniente en cuidar del niño.
- Los pondrá cuando acabe el día, seguro. - Rubén era un niño inquieto, casi insoportable.

El coche atravesaba el pueblo sobre un molesto adoquinado en busca de la salida a la autovía que habría de conducirlos hasta Sevilla.
Junto a una glorieta, Édgar vio a un chico haciendo autoestop. Era el mismo que salió corriendo cuando lo vio aparecer en el accidente. Decidió parar. Hacía frío y llevaba a penas una camiseta rasgada y unos pantalones sucios.
La abuela miró a su nieto con cara de sorpresa, pero retuvo sus palabras al ver más de cerca la cara de aquél autoestopista.
Se abrió la ventanilla del coche y desde su interior se pudo escuchar un "¡sube, te llevamos!".
- ¿A dónde vas, chico? - preguntó el conductor.
- Voy a Sevilla, pero me valdrá donde me dejen, había pensado llegar hasta Écija para coger el autobús que sale a la una...
- No te preocupes chaval, nosotros también vamos a Sevilla. Ha tenido suerte. ¡Qué coincidencia! ¿no es cierto? - Trató de simpatizar con él.
- No creo que sea una coincidencia demasiado grande. - Intervino la abuela. Volvió la cabeza hacia el asiento trasero y clavó sus ojos verdes en los suyos. - Hola César.
Un incómodo silencio invadió el habitáculo.
- Señora, yo no la conozco...
- Pero yo a ti sí. - Y devolvió su vista a la carretera.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

31 de julio de 2010

La Trama X. Damián.

Era la enésima vez que tomaba aquel desvío de la autopista, pero aquella era especial. A penas quinientos metros más atrás había tenido lugar el accidente del autobús en el que viajaba Laura, su sobrina. Precisamente en aquel lugar, precisamente ese autobús, precisamente aquella noche. Damián estaba muy preocupado. Necesitaba comprobar que dejaba todo en orden antes de seguir su camino hacia Sevilla.
Después de haber tomado el desvío, giró a la izquierda y después siguió recto por la carretera que rodeaba a aquel pueblo llamado La Carlota. Siguió por la carretera de La Paz con rumbo a La Guijarrosa, una pequeña aldea diseminada que se asienta en un terreno quebrado lleno de colinas verdeadas por el color de los olivares que las inundan. Quedaban unos siete kilómetros para llegar hasta su primer destino y el estómago se le empezaba a descomponer por los nervios.
El día se empezaba a torcer gris. Las nubes procedentes del oeste empezaban a invadir el horizonte. El azul quedaba detrás suya, en Córdoba. Damián no tenía ninguna duda de que se trataba de una tormenta. No le gustaba conducir así, pero debía estar en el piso de Sevilla antes de las cinco de la tarde. Laura no podría hacerle el favor de ir en lugar suyo, como tenía previsto, por culpa del accidente.
Tendría que ir al encuentro del viejo, a pesar de que guardaba muchas reservas con respecto a Seve. Ya hacía tiempo que sospechaba que se estaba metiendo en asuntos que no deberían interesarle, tal vez empezase a saber demasiadas cosas. Damián llevaba ya un tiempo meditando quitarse de en medio al viejo. No le servía de mucho, sabía cosas, y le preocupaba que pudiera irlas contando en cualquier momento. No confiaba en él y mucho menos desde que tuvo que hacerse cargo de sus dos nietos. Eran un lastre para él que podría llevarle a tomar decisiones equivocadas en momentos concretos. Prefería no verlo en previsión de que el muy astuto adivinara sus pensamientos - recordó que tenía una inquietante facilidad, casi mística, para leerle las intenciones en sus ojos -, pero esta vez no iba a tener más remedio que aparecer.
Y es que la curiosidad le asaltó después de la conversación telefónica que mantuvo con él. "Tengo algo que te va a encantar, señor anticuario", le dijo. Detestaba que le llamará así, por el tono despectivo que usaba. En ocasiones el viejo le sacaba de quicio. En cualquier caso, llevaba mucho tiempo buscando el símbolo. "¿Lo has encontrado?", preguntó Damián aquél día por teléfono. "Lo sabrás cuando lo veas. Sábado, diecisiete cero cero, donde siempre." le había contestado Seve justo antes de colgar sin despedirse.
Pero antes debía ocuparse de algo importante: su propia seguridad. Detuvo el coche unos mil metros antes de la entrada a La Guijarrosa. A su derecha se alzaba el cortijo de Los Cobos, propiedad de su familia desde que fuera construido a principios del siglo XX. Entró a pié por sus dependencias y sacó una linterna que usó para adentrarse en un pasillo interminable que circundaba el patio central del edificio. Los Cobos no parecía conservarse mal. Los usos y cuidados que le daban los jornaleros durante los inviernos para recolectar aceituna parecían no caer en balde.
Cuando llegó a la parte trasera, cogió unas llaves con las que abrió un gran portón que daban acceso de nuevo al campo. Anduvo quinientos metros entre olivares hasta llegar a una segunda edificación a penas visible desde cualquier punto si no se está cerca. Esta edificación era más antigua aun que Los Cobos. Se trataba de un simple corredor estrecho realizado en piedra y argamasa. Tenía una única puerta, una cancela hecha con barrotes de acero. Parecía una cárcel... una cárcel vacía. Fue entonces cuando Damián se sobresaltó como si hubiese visto al más feroz de los monstruos ante sus ojos.
Corrió de inmediato hasta alcanzar el coche y condujo lo suficiente como para tener cobertura. Hizo una llamada. Una voz adormilada apareció al otro lado.
- Samuel, es Cleo, ha escapado. - Damián se dio cuenta de que gritaba sin que fuese necesario. Los nervios le invadían.
Hubo un momento de silencio. Se escuchaba una respiración sosegada.
- ¿Me oyes? - insistió Damián.
- Sí jefe, claro. Bueno, son malas noticias, pero no se preocupe, la tal Lidia ya no la puede ayudar. Nos ocupamos de ella, ¿recuerda?
- ¡Hijo de puta! ¿Has encontrado al hermano?
- Aun no, jefe, pero no se preocupe, daremos con él, si es que sigue vivo, porque se pegó una buena castaña aquel día...
- ¡Espabila! Esos dos no se deben ver. Ahora tienes doble misión. El chico y Cleo. A Cleo la quiero viva, ¿entiendes?
- Es una tía bien bestia, jefe, no se si podremos...
- ¡Viva, Samuel! Si ella cae, tú también.
Colgó lleno de frustración. Empezaba a atar cabos. El accidente del autobús cada vez parecía menos casual. Pero, ¿cómo demonios podía haber sabido Cleo que Laura iba en ese autobús?

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

1 de junio de 2010

La Trama IX. Al despertar.

El intransigente latido persistía gracias a sus esfuerzos. La noche había transcurrido eterna, alternando sonidos y silencios. Seguía viva sin saber muy bien dónde. Al atardecer, se había apagado la luz, sus ojos cedieron. Luego, alguien la cogió. Después sonidos, voces y otra vez el motor de un coche. Cuando todo se detuvo, abrió los ojos y sólo encontró oscuridad, sólo una habitación.
Uno a uno, Laura fue contando los latidos. Sístole y diástole. No quería que su corazón se detuviera, quería estar despierta, seguir viva. Pretendía estar así toda la noche, cuidándose...
Cuando abrió los ojos por la mañana descubrió que seguía viva a pesar de no haberlo conseguido.
Todo lo que vió era blanco. El techo, las paredes, la puerta de salida... todo excepto el bordado de las sábanas: "Hospital Universitario Reina Sofía", decía. Había vuelto a Córdoba.
"Perfecto", pensó. Tenía que estar en Sevilla por la tarde para recoger el encargo de su tío. Además, no iba a tener tiempo para estudiar y los primeros exámenes se le iban a echar encima.
- Buenos días - Una voz apareció precipitada desde detrás de la puerta.
- Buenos días.
El chico era un enfermero que parecía tener prisa por pasar la revista de rigor a todos sus pacientes.
- ¿Qué me ha pasado? - preguntó ella.
La miró y sin decir nada cogió una libretita de su bolsillo.
- Habitación 522, paciente con contusión en la cabeza.
Laura suspiró. Le había contado lo obvio. Quería saber cómo estaba y, si no estaba grave, poder irse cuánto antes. Conseguir un permiso en el trabajo no era nada fácil y quería aprovechar el fin de semana de descanso para estudiar.
El enfermero no se dió por aludido a pesar de que el disgusto de Laura era más que apreciable. Salió de la habitación tan rápido como pudo. Sin embargo, se pudo escuchar que se detuvo antes de cerrar la puerta. Apareció de nuevo con un ramo de rosas blancas en la mano.
- Han dejado esto para tí. Tiene una tarjeta. - Hizo ademán de entregársela.
Laura alargó el brazo descubriendo que podía moverse con facilidad.
- No estaba cuando entré. Es curioso, igual no es para tí. - Laura le atravesó con la mirada y el chico se dio la vuelta y se marchó dándose a la fuga de una conversación bastante incómoda.
Ya estando sola, abrió la tarjeta. "Tranquila princesa, ya voy yo. Tú cuídate. Tu tío Damián." Laura se recostó fijando la mirada en el blanco del techo.
- Así mejor, tenías que haber ido tú desde un principio - Ni sabía nada, ni quería saber de sus asuntos.
Cerró los ojos y, al tratar de relajarse, empezó a recordar el espantoso accidente de la noche anterior.


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

11 de mayo de 2010

La Trama VIII. Un destino.

En ocasiones, sucede que una vez que alguien ha sufrido algún tipo de hecho traumático, la mente se encarga de ocultar momentáneamente determinados detalles al sujeto. Suelen ser detalles sórdidos, imágenes insoportables para el individuo; otras veces, ademas de éstas, pueden aparecer detalles tan nimios que no parecen tener la importancia que en realidad tienen.
César estaba empezando a percatarse de algunas imágenes que rodeaban a la muerte de su hermana. Acababa de descartar el robo. No había nada de valor en su casa y, por otra parte, recordaba que no había un gran desorden ocasionado por los cacos a la hora de buscar un botín. Tampoco echó ningún objeto de valor en falta. Y luego estaba su cuerpo.
Se podría suponer que la habían violado, pero cuando César sorprendió a los tipos en el dormitorio de su hermana, los encontró vestidos y con unos artilugios de metal en sus manos. La estaban torturando.
¿Qué podrían querer de ella? ¿Por qué matarla? ¿Había algo oscuro en la vida de su hermana? Le asaltaban miles de preguntas sin respuesta. Sabía que sólo en un lugar podría empezar a responderlas. Había hecho bien en salir rumbo a Sevilla aunque, a esas alturas, ya era consciente de que elegir hacer el camino a pié había sido bastante descabellado. Sin embargo, este hecho, fruto de la locura transitoria sufrida por lo sucedido, le había servido para darse un tiempo con el que poder asumir todos los cambios que estaban aconteciendo de una forma tan repentina en su vida.
Pero era hora de pensar en el presente inmediato. La noche había caído y se había tornado en fría. Había sido una buena decisión la de subir al pueblo junto al que se había producido el accidente.
El accidente... y recordó esta vez cómo nuevamente le había traicionado el miedo. Se vio sorprendido por un desconocido cuando estaba ayudando a la chica rubia que yacía tendida en el suelo. Fueron sus palabras las que le hicieron medrar. Las mismas que escuchó antes de caer por las escaleras: ¡Eh tú, espera! Salió corriendo y se ocultó entre la cuneta y las sombras de la noche hasta que se fue con ella en un coche junto con una anciana y un niño.
Sin embargo, había tenido suerte en lo referente a sus propósitos. Había conseguido dinero. Encontró una cartera a un par de metros de un hombre que ya no podía respirar. Ya no le iba a servir de nada, así que la cogió. Un golpe de fortuna en el peor día de su vida. Los trescientos euros que llevaba le iban a servir para llegar lo antes posible a Sevilla. Pero antes debía pasar la noche en un lugar seguro sin llamar la atención. Era muy posible que lo estuvieran buscando los tipos que lo dejaron atado e inconsciente en su casa.
Encontró un hostal en el pueblo. De entrada parecía bastante descuidado. Para visitantes ocasionales, pensó, justo lo que estaba buscando. A las habitaciones se accedía atravesando un bar en el que el camarero atendía a los huéspedes y suministraba las llaves de las habitaciones. Un tipo que contaría la treintena de apariencia desaliñada aunque disimulada con el uniforme de pantalones negros y camisa blanca se dirigió a él:
- Buenas noches, ¿qué desea?
- Una habitación.
- ¿Para esta noche o para más? - El tipo arrugó el entrecejo y la nariz subiéndose de esta manera las gafas de pasta que llevaba.
- Sólo esta noche. ¿Me gustaría saber si existe alguna forma de llegar a Sevilla?
- No hasta mañana caballero - espetó secamente - Pregunte a los compañeros por la mañana y tal vez puedan decirle cuáles son los horarios.
Sin torpeza pero tampoco florituras, el camarero entregó las llaves de la habitación 101 a César. Mientras éste caminaba hacia las escaleras pudo escuchar a un cliente gritar no sin algún gracejo lo siguiente:
- ¡Ponme un sanjacobo Mateo!
- Marchando - Se oyó en un tono mucho más comedido.
Camarero, recepcionista y cocinero. César pensó que ese hombre no tenía precio a pesar de parecer una persona muy particular.
Ya en la habitación, una vez se hubo duchado y tumbado en la cama decidió acordarse de la ayuda que le había prestado el difunto dueño de la cartera. No pudo evitar sentir curiosidad por ver su nombre. La abrió y buscó su D.N.I. pero antes que eso apareció una tarjeta de color blanco, un nombre escrito en ella que le resultaba más que familiar, y una dirección:

Damián Cot Aguaviva, Anticuario
Av. de la Reina Mercedes, 49, 5-C
Sevilla
Al verla, no pudo disimular una maliciosa sonrisa. Cerró los ojos y suspiró. No solo tenía un lugar a dónde ir, ahora, por una simple y mera casualidad, había conseguido también la dirección exacta de destino.
En la habitación de un humilde hostal de un pueblo escondido en las entrañas de Andalucía, una voz se oyó entre las sombras de una noche amparada por la ausencia del brillo de La Luna:
- Ya te tengo hijo de puta. - Y se quedó dormido.


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

10 de abril de 2010

La Trama VII. La entrega.

- El autobús viajaba lleno. Cincuenta y cinco personas incluyendo al chófer. De ellos, han salido sin un rasguño treinta y cinco, los que viajaban delante. Del resto sabemos que diez no han sobrevivido y están heridos los demás. Cuatro están muy graves, aun estamos recogiendo personas del allí...

Edgar escuchaba al enfermero desde el fondo del pasillo, en la sala de espera del ambulatorio del pueblo junto al que se había producido el accidente. Sabía que su abuela era una de esas heridas y que su abuelo no había sobrevivido. Estaba de pie, no podía parar de caminar. Miraba al suelo, atribulado por su nerviosismo. Sus manos iban de un lado a otro. Tan pronto las tenía en los bolsillos, como en su nuca o restregándolas por sus mejillas. Aun no había podido asimilar la muerte de su abuelo y el pensamiento de perderla a ella también se empezaba a apoderar de su cabeza. Eran la únicas personas que le habían ayudado realmente, tanto a él como a su hermano.

- ¿Familiares de Márquez Salado?
- Aquí - Edgar levantó la cabeza y con los ojos muy abiertos apremiaba al celador para que le informase. Márquez Salado eran sus apellidos.

Se trataba de un señor que parecía que pretendía transmitir tranquilidad a todos los presentes. Sus movimientos eran desesperadamente lentos, su gesto transmitiía seriedad y desde su voz se intuía a una persona segura:

- Te cuento, el pequeño está bien. Asustado y nervioso, así que le hemos dado un valium y está a punto de dormir...
- ¿Cómo está mi abuela? - Edgar ya sabía que su hermano Rubén estaba bien, le inquietaba más el estado de la anciana.
- Tu abuela se recupera. No será necesario llevarla a Córdoba. Tiene unas cuantas heridas pero ninguna de gravedad ni tampoco en zonas delicadas, como pudiera ser la cabeza o el pecho. Ahora te la llevarás a casa y que descanse. Que venga mañana para que comprueben los compañeros que no ha empeorado en nada ni ha surgido ningún síntoma que ahora no se vea.

Edgar suspiró, aunque el dolor por su abuelo aun le quemaba. ¿Lo sabría ella? ¿Tendría que decírselo él?

- ¿Puedo verla?
- Puedes llevártela - el tipo sonrió con tranquilidad - Pero antes quisiera informarte de la chica que has traido...
- No la conozco - Le interrumpió.

Estaba muy nervioso. No tenía tiempo para aquello. Sólo tenía en mente el poder estar con su abuela.

- No se quién es. Un chico la estaba ayudando y cuando vi que iba a moverla me ofrecí para ayudarle... bueno... en realidad, en cuanto me vio dispuesto a ayudarle salió corriendo... No se nada de la chica. La subí en mi coche con mi abuela y mi hermano y dejé...

En ese momento recordó que dejó a su abuelo en el suelo. Fue su abuela la que le había dicho que lo dejara allí, que no podría hacer nada por él. Sintió alivio al darse cuenta de que no tendría que darle la mala noticia. Pensó que estaría abatida y sintió el deseo de ir a consolarla. Sin más preguntas, dejando al celador atrás con la palabra en la boca, recorrió el pasillo y encontró la puerta que daba acceso a la habitación donde estaba ella.
La encontró en un estado de agitación inimaginable. No se mostraba abatida, pero sí nerviosa. No asomaban lágrimas en sus ojos, era miedo lo que Edgar percibió.

- ¡Edgar! Tenemos que ir.
- ¿A dónde abuela?
- No hay tiempo... tenemos que ir...
- Abuela, - trató de calmarla - ahora vamos a casa a descansar. Mañana tenemos muchas cosas que hacer...

Hablaba encubiertamente del entierro del abuelo y ella lo entendió enseguida. Tomó aire tratando de calmarse y levantó las manos para tomar la palabra. Edgar se quedó con la frase sin terminar.

- Tenemos que preparar el funeral esta noche y mañana será el entierro. Después tenemos que cumplir con la voluntad de tu abuelo.

Edgar la miró con gesto inquisitivo y, antes de que pudiera preguntar nada, ella sacó de su bolsillo un papel arrugado en el que a duras penas se podía distinguir un dibujo que no pudo reconocer.
- Antes de morir, me dijo que tenía que entregarle esto a Damián antes del Domingo.
- ¿Quién es Damián? - Contestó Edgar.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.