Las cicatrices del único árbol que quedaba en el mundo contaban historias sobre las peleas entre gigantes, entre monstruos iracundos y despreocupados que no veían más allá de sus propias narices. Monstruos derrotados por sí mismos, monstruos que terminaron por creerse sus propias mentiras.
Mostrando entradas con la etiqueta gotas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gotas. Mostrar todas las entradas
6 de marzo de 2011
Humanos.
Las cicatrices del único árbol que quedaba en el mundo contaban historias sobre las peleas entre gigantes, entre monstruos iracundos y despreocupados que no veían más allá de sus propias narices. Monstruos derrotados por sí mismos, monstruos que terminaron por creerse sus propias mentiras.
24 de enero de 2011
La otra fábula del ratón y la serpiente. (Final alternativo)
Hace mucho tiempo, en un lugar muy muy lejano, una pequeña serpiente se arrastraba hambrienta por las arenas de un desierto inmenso. Su avance era lento y fatigoso, el sol era un verdugo imperturbable. Por suerte para ella, su corta vida había transcurrido siempre alrededor de aquella zona, lo que hacía que la conociese bastante bien. Fue por esto por lo que supo que a unos cien metros del cactus en el que se encontraba, siguiendo la dirección contraria al desplazamiento del sol, podría encontrar un caserón abandonado en el que podría descansar y, tal vez, sofocar su hambre.
Cuando la pequeña serpiente llegó al viejo caserón descubrió ilusionada que algo había cambiado en él. El suelo sobre el que se arrastraba, parecía vibrar al compás de unas pequeñas patitas de las que era propietario un ratón que correteaba por la planta baja del caserón abandonado buscando reposo. Pensó que tal vez hubiera tenido un golpe de suerte, ya que no solía ir allí a alimentarse.
Pero entonces, ocurrió algo inesperado. La única puerta por la que se colaba la luz del sol en la habitación en la que se encontraban los dos animales se cerró. Antes de que esto ocurriera habían sucedido dos cosas: la primera fue que el ratón se había percatado de la presencia de la pequeña serpiente; y la segunda fue que la pequeña serpiente se había dado cuenta de ello.
Siendo así, a oscuras, conscientes ambos de su presencia en la habitación y con un hambre voraz, la pequeña serpiente decidió probar suerte. Así que abrió la boca y se abalanzó hacía el lugar donde había visto por última vez al ratón con la esperanza de cazarlo allí. Pero el ratón había conseguido oír sus intenciones, pues la oscuridad no ciega el sentido del oído, y salió corriendo hacia otra parte de la habitación con la pequeña esperanza de que la serpiente no lo encontrara en un espacio tan reducido como aquel.
Transcurrieron unos minutos en los que ambos animales estuvieron moviéndose por la estancia en la que se encontraban sin llegar a encontrarse el uno con el otro, hasta que de repente las patitas del ratón dejaron de sonar y la serpiente, extraviada, chocó con una pared de la habitación.
La pequeña serpiente supuso que el ratón había encontrado el hueco que existía bajo la escalera de la estancia y por el que ella no cabía, así que se conformó y, atolondrada y perdida por el golpe que se había dado, dejó la tarea de la comida para más adelante.
La pequeña serpiente supuso que el ratón había encontrado el hueco que existía bajo la escalera de la estancia y por el que ella no cabía, así que se conformó y, atolondrada y perdida por el golpe que se había dado, dejó la tarea de la comida para más adelante.
Moraleja para la serpiente:
"Siempre es mejor saber hacia dónde vas, antes de empezar a caminar".
Moraleja para el ratón:
"En ocasiones, intentarlo da sus frutos".
"Moraleja para los demás:
Da igual cuál sea el principio o el final,
eso no es lo importante de verdad."
22 de enero de 2011
La fábula del ratón y la serpiente.
Hace mucho tiempo en un lugar muy muy lejano, existía un pequeño ratón que correteaba perdido en la inmensidad de un desierto. Hacía calor y estaba cansado por lo que, cuando vio un pequeño caserón abandonado en la lejanía, no dudó en llegar hasta él para poder dejar reposar sus patitas.
El caserón estaba oscuro y olía como si no hubiese sido pisado por nadie durante mucho tiempo. Al menos, eso le pareció al pequeño ratón, que no se percató de que dentro de la habitación había otro ser merodeando. Era una serpiente que se arrastraba exhausta por el suelo de madera de aquella vieja vivienda.
El ratón, al verla, se percató de que, en cuanto fuese descubierto en aquel lugar sería un buen manjar para la serpiente, así que se asustó y decidió que tenía que huir. Pero antes de que pudiera hacerlo, una bocanada de aire, que anunciaba la proximidad de una tormenta de arena, cerró la única puerta por la que se colaba la luz dentro de la habitación en la que se encontraban los dos animales.
La oscuridad estaba presente en todos los puntos hacia los que el ratón dirigiese la mirada. En cualquier caso, sí que podía escuchar, ya que la oscuridad no ciega el sentido del oído, y escuchó cómo el arrastrar de la serpiente era más intenso, como si ella estuviera acelerando el paso para llegar hasta él. Lo que el pequeño ratón no sabía es que la serpiente, que ya había visto al pequeño ratón antes de que la puerta se cerrase dejando a oscuras la habitación, se arrastraba así de rápido en busca del pequeño ratón pero sin saber dónde estaba.
El pequeño ratón, asustado, empezó a correr con los ojos cerrados con la esperanza de encontrar una salida en aquella oscura habitación antes de que la serpiente lo encontrase y se lo comiese.
Al cabo de unos minutos en los que los dos animales estuvieron correteando por la habitación, el ratón encontró algo parecido a un agujero y, sin pensarlo ni un instante, se introdujo en él. Como aún estaba oscuro, trató de llegar hasta el final del estrecho túnel en el que se había metido. Cuando lo hubo alcanzado se dió cuenta de que ese túnel, que no tenía salida, no era otra cosa que el cuerpo de la serpiente que había estado correteando por la habitación con la boca abierta.
Moraleja para el ratón
"Siempre es mejor saber hacia dónde vas, antes de empezar a caminar".
Moraleja para la serpiente
"En ocasiones, intentarlo da sus frutos".
30 de noviembre de 2010
La torre del homenaje.
- ¿Subimos a la torre?
- ¿Está abierta la puerta?
- Sí, pero está oscuro.
- Tranquilo amigo, traigo una linterna.
26 de noviembre de 2010
Invisible.
Apagó la luz y se sumergió en la oscuridad de la noche. El coche recorría las calles de la ciudad como un fastasma deambula por los pasillos de un viejo caserón.
Se sentía invisible.
Se sentía invisible.
20 de julio de 2010
Braulio
¿Sabes cuándo uno aguanta y aguanta hasta que ya no aguanta más?
Es como cuando te tiran chinitas y chinitas hasta que te hartas de que te tiren chinitas. Hay quien, cuando se harta, lo dice y pide que se le deje en paz. Hay otros que, cuando se hartan, empiezan a devolver las chinitas con más fuerza, sin nisiquiera molestarse en decir que se les ha molestado.
Braulio era el típico tipo de persona mal educada, sin mesura en el lengüaje y con el orgullo de tener repugnancia por todo lo que él no considerase "español". En su mundo, "español" era el arte de la tauromaquia, el Real Madrid -aunque le gustaba más el de Don Santiago Bernabéu, por supuesto, y no éste lleno de crsitianos, gutis y figuritas-, la heterosexualidad homofóbica y las personas sin piercings, tatuajes, melenas ni pendientes.
Adoraba lo "español". Así que lo fusionó con todo lo que él entendía que era España. Su España, la que acaba en Los Pirineos, la que comparte península con Portúgal, la que rodea a Gibraltar, la que se zambulle en el Mediterráneo hasta llegar a Baleares, Ceuta o Melilla, la que se coge un transatlántico para terminar en Las Canarias.
Cuando Braulio pensaba en España, lo hacía pensando en la tierra, en el territorio que ocupaba el país entre las fronteras que quién quiera que fuere definió en algún momento; pero también pensaba en su visión de todo lo "español".
Sin embargo, al pensar en España, nunca pensaba en los demás españoles -costumbre muy española ésta-. Así que idealizaba que todo el territorio español contendría gentes igualitas a él, por lo que otra persona con otras definiciones para lo "español" no sería considerado por Braulio como español.
Personas que no solo saben cuál es su verdad, sino que saben que su verdad es La Verdad; y lo demás es sólo magia en la Edad Media, sonarse la nariz en la Inquisición o no ser nazi en la Alemania del holocausto.
Personas que no entienden un mundo prismático, que se zambullen en pensar que los demás están equivocados sin nisiquiera pararse a escucharlos, a conocerlos, a pensar como ellos...
Es tarde, mucho tiempo sin escribir... salió lo que salió, y por descontado que no podía faltar la palabra España (¡Campeones!)
Es como cuando te tiran chinitas y chinitas hasta que te hartas de que te tiren chinitas. Hay quien, cuando se harta, lo dice y pide que se le deje en paz. Hay otros que, cuando se hartan, empiezan a devolver las chinitas con más fuerza, sin nisiquiera molestarse en decir que se les ha molestado.
Braulio era el típico tipo de persona mal educada, sin mesura en el lengüaje y con el orgullo de tener repugnancia por todo lo que él no considerase "español". En su mundo, "español" era el arte de la tauromaquia, el Real Madrid -aunque le gustaba más el de Don Santiago Bernabéu, por supuesto, y no éste lleno de crsitianos, gutis y figuritas-, la heterosexualidad homofóbica y las personas sin piercings, tatuajes, melenas ni pendientes.
Adoraba lo "español". Así que lo fusionó con todo lo que él entendía que era España. Su España, la que acaba en Los Pirineos, la que comparte península con Portúgal, la que rodea a Gibraltar, la que se zambulle en el Mediterráneo hasta llegar a Baleares, Ceuta o Melilla, la que se coge un transatlántico para terminar en Las Canarias.
Cuando Braulio pensaba en España, lo hacía pensando en la tierra, en el territorio que ocupaba el país entre las fronteras que quién quiera que fuere definió en algún momento; pero también pensaba en su visión de todo lo "español".
Sin embargo, al pensar en España, nunca pensaba en los demás españoles -costumbre muy española ésta-. Así que idealizaba que todo el territorio español contendría gentes igualitas a él, por lo que otra persona con otras definiciones para lo "español" no sería considerado por Braulio como español.
Personas que no solo saben cuál es su verdad, sino que saben que su verdad es La Verdad; y lo demás es sólo magia en la Edad Media, sonarse la nariz en la Inquisición o no ser nazi en la Alemania del holocausto.
Personas que no entienden un mundo prismático, que se zambullen en pensar que los demás están equivocados sin nisiquiera pararse a escucharlos, a conocerlos, a pensar como ellos...
Es tarde, mucho tiempo sin escribir... salió lo que salió, y por descontado que no podía faltar la palabra España (¡Campeones!)
20 de enero de 2010
Maravillosa.
Si es que cada cosa que pueda decir con palabras
lo verás con cada una de las puertas que abras.
Si es que no hace falta que te dedique un poema
para que sepas que pienso dedicarte la vida entera.
lo verás con cada una de las puertas que abras.
Si es que no hace falta que te dedique un poema
para que sepas que pienso dedicarte la vida entera.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
23 de abril de 2009
...
Puedes seguir con la cantinela del que quiso ser y no pudo; atender a las razones contendidas dentro de un paquete de tabaco; mezclar las lágrimas con el aire; o susurrarle al viento viejas oraciones olvidadas por los mismos dioses.
Pudiste deshacer el tiempo, deshilachar enredos, enredarlos aún más, sacudirle el puño al primer cuerpo opaco que se te pusiese por delante, reventarle los hocicos a cualquier cerdo sin San Martín o embaucar a cualquier hada que se dejase.
Podrás esculpir a golpe de cubata estatuas nuevas, efímeras, eternas o etéreas. Podrás hablarle de tú a tú al wáter, escupirle si hace falta, ensañarte con tu hígado o desperdiciar tu saliba con la rubia de bote que se cambia de nombre todos los sábados.
En cualquier caso, también podrías pedirme a mi el paquete de tabaco.
8 de febrero de 2009
Historia de un asesinato
...Os lo contaré aquí, pero os aviso: no es mi estilo soltar una parrafada a cerca de verdades universales teorizadas en el nombre de la lógica o la razón. Acudí al bar con la intención de matarle. Estaba apoyado en una butaca, junto a la barra. Conversaba entre risas con dos o tres amigos. Fumaba Chester. Ocultaba su cuello con una rebeca negra de cremallera que le llegaba a cubrir parte del pelo. Corto, castaño. Él no me conocía y no iba a reconocerme, así que lo miraba sin descuido, como mira un depredador a su presa. Media hora después estaba muerto. Podría describir todo lo que pasó durante esos minutos. El cuchillo, la sangre, los gritos... Pero mi mente aun no ha terminado de ordenarlo todo. Fue todo muy rápido, como un suspiro. Sí recuerdo perfectamente la tarea de limpiarlo todo para ocultar el hecho. Comprobé que la sangre fresca sale muy bien de la tela, sólo deja un suave cerco en el perímetro de lo que fue la mancha. Pude salir del lavabo sin dejar a penas huellas en mi ropa ni en el suelo. Cargué con él y lo enterré donde había previsto, sin ningún sobresalto. La tumba estaba intacta y la pala donde la había dejado. Deposité el cuerpo inerte en el agujero y eché toda la tierra encima. Lo encontraron a los tres días. Como lo enterré en un terreno que pertenece a su familia es poco probable que encaminen la investigación hacia mi. No creo haber dejado ninguna pista. Nadie me vio aquella noche, el pueblo estaba desierto, llovía y hacía frío. Nadie pudo verme. Fui muy cuidadoso. Creo que los familiares ni siquiera notaron su falta. Ahora ya nadie ocupará su lugar. Es mejor así, ¿cómo podía no querer su vida? Daba tanta rabia observar con envidia su vida y ver que él no se sentía privilegiado... ...pero no es mi estilo soltar una parrafada a cerca de verdades universales teorizadas en el nombre de la lógica o la razón. Ni siquiera me parece buena idea... |
14 de enero de 2009
El señor de las nubes
Cuando fui a ver al minúsculo hombre que habitaba bajo tierra pero que salía de vez en cuando para que le diera un poco el sol, me encontré con una tortuga que se lo había zampado hacía unos pocos minutos, al menos eso fue lo que me dijo y yo, que no suelo desconfiar de las tortugas glotonas, la creí.
Pero cuál fue mi sorpresa cuando una noche que iba por la zona donde vivía el minúsculo hombre que habitaba bajo tierra me encontré con él. Pero esta vez no llevaba el traje irlandés de color verde y pelo rojo, sino unas sandalias doradas y una toga anudada al hombro al más puro estilo grecorromano. El pelo también le había cambiado, era de un color rubio intenso, pero su cara era la misma. Así que una vez me hubo explicado que a las tortugas se les indigestan los hombres que habitan bajo tierra por estar cubiertos por una fina capa rasposa similar a la de la piel de tiburón, le pedí lo que quería haberle pedido aquella vez que estaba dentro de la tortuga.
- Minúsculo hombre que habitas bajo tierra, he venido a pedirte que me prestes la pandereta con la que consigues que todo el mundo cante y baile a tu alrededor.
- Y dime jóven Paladín de la Pradera ¿para qué quieres tan cruel instrumento?
- Pues para tocarla en una fiesta que voy a dar en casa y así todo aquel que esté a mi alrededor cantará y bailará.
- Y dime jóven Paladín de la Pradera ¿para qué quieres hacer eso que dices?
- Porque me parece una bonita manera de pasármelo bien.
- Pero es que yo no quiero dejártela jóven Paladín de la Pradera.
- Y, ¿por qué no quieres hacerlo?
- No hay "por qué", es que no quiero.
- Pero algún motivo habrá. Siempre se hacen las cosas por algo. ¿Es porque no te rescaté del cautiverio mientras estabas dentro de la tortuga?
El minúsculo hombre que habitaba bajo tierra guardó silencio unos segundos.
- Contéstame, por favor - le pedí.
- No tendrás respuestas, ya te he dicho que no quiero.
Ante las contestaciones que me daba el minúsculo hombre que habitaba bajo tierra, me enfadé. Pero no me enfadé porque no quisiera prestarme la pandereta con la que hacía cantar y bailar a todo el mundo que estaba a su alrededor, sino porque no me quería decir por qué no quería prestármela. Me enfadé tanto que, a pesar de que me lo pasé muy bien en la fiesta que di a mis amigos, decidí no invitarle a él y, más aún, también decidí no volver a hablarle nunca jamás porque no quería hablar con alguien que no quisiera contestarme a unas preguntas tan simples.
Y así pasaron los años y nunca más supe nada más de aquel minúsculo hombre que habitaba bajo tierra hasta que un día me encontré con la tortuga que se indigestó con el minúsculo hombre. Hablando con ella supe que los minúsculos hombres que habitan bajo tierra, en realidad no tienen la piel de tiburón, como me había contado él.
- Los minúsculos hombres están hechos de carne y hueso como casi todo el mundo, y muy apetitosos que son por cierto.
- Y si tan ricos están, ¿cómo fue que lo volviste a sacar para afuera? - le dije, aunque a mi un minúsculo hombre que habita bajo tierra no me ha parecido nunca un bocado apetecible.
Observé que a la tortuga se le asomaba una sonrisa por la comisura de sus ásperos labios.
- Porque me lo pidió de una forma tal y me dio unas razones tan absolutas que no pude sino hacerle caso y no comérmelo.
Tengo que decir que estaba entre extrañado por la actitud complaciente de la torutuga ante su merienda y enfadado nuevamente con el minúsculo hombre al haber descubierto el embuste del que fui víctima.
- Y ¿cuáles fueron estas razones?
- A ti te lo voy a decir. Me dijo que le guardara el secreto y eso haré. Además, se que estás enfadado con él y que ya no sois amigos, por lo que menos motivo y derecho tienes a saber cosas sobre él.
La tortuga me provocó tanta curiosidad que terminé por ir un día a espiar al minúsculo hombre que habitaba bajo tierra. Pero era la entrada a su casa bajo tierra tan minúscula que a duras penas podría esconderme de él.. Por lo que todos mis intentos de espionaje terminaban por desecharse, abandonando por fin la idea -que no el anhelo- de poder saber cuál era el secreto de la tortuga y del minúsculo hombre.
Y abandonada la idea estaba hasta hoy, que me he encontrado en el baúl de mi desván este pedacito de leyenda que forma parte de una mayor que no detallaré porque no me gusta demasiado y que ha resuelto todas mis dudas.
Cuenta el pedacito de leyenda que siempre ha existido, existe y existirá un minúsculo hombre que habita bajo tierra y que sale de vez en cuando para que le de un poco el sol encargado de ser el dueño de los truenos, los rayos, los vientos, los mares, la luna, las estrellas, la tierra, el fuego y del agua de la lluvia, los rios y los mares. El minúsculo hombre siempre ha podido, puede y podrá manejar a su antojo cada uno de estos elementos, debiendo para esto, tener la responsabilidad de hacerlos funcionar adecuadamente para que no ocasionen mal a ningún ser vivo. Para ello, el minúsculo hombre siempre se ha valido, se vale y se valdrá de una pandereta de oro blanco que él mismo eligió para el resto de sus días y que no puede perder, prestar ni cambiar nunca jamás porque si lo hiciera sería el fin del universo en general y de su vida en particular.
Así, todas las noches desde el comienzo de los días se viste con un traje similar al de undios, sube una escalera que existe en su casa para llegar hasta el cielo y, desde el punto más alto de la nube más alta, redacta a golpe de pandereta -que es como se entiende con sus elementos- todo lo que debe acontecer durante el día que sigue.
Y cuando hoy he leído el pedacito de leyenda que hablaba del minúsculo hombre que habita bajo tierra y que sale de vez en cuando para que le de un poco el sol, se me ha pasado el enfado que tenía con él. Aunque me parece a mi que él no me perdonará por haberme enfadado con él y se enfadará conmigo, si es que no lo está ya.
Moraleja: Si preguntas y no te contestan... pues por algo será.
9 de enero de 2009
Fuego.
Llegó el día de la insurrección. Todo estaba dispuesto para que los hechos tuvieran lugar pero el miedo sacudía su estómago de manera que paralizaba todo su cuerpo. Ante él inmensos campos se desenvolvían en un terreno quebrado, escurridizo, húmedo. Detrás suyo Córdoba mora, esquiva, perdida bajo un cielo azul turbado por el grisáceo de las nubes. Desde la sierra la Mezquita se levanta hermosa rematando la judería. Como bañada por el Guadalquivir, no muere, sino que revive su belleza a cada mirada que recibe. Miradas de siglos la contemplan.
El huidizo sentimiento le paralizaba pero su decisión estaba tomada. Se dirigió hacia la casa que se presentaba a su izquierda. Cortijo andaluz, paredes blancas, portalón de grandes dimensiones sobre el que se apoya el balcón principal de la vivienda; a ambos lados, ventanales en los que prevalecía la proporción vertical de manera que la poca altura del caserío era disimulada por éstos, haciéndola imponente a la vista. Se sintió diminuto al picar a la puerta.
Silencio. Llamó de nuevo. "¡¿Quién vive?!" dijo. No hubo respuesta.
Dio una vuelta alrededor de la casa y comprobó que no había nadie, lo que sofocó su ansiedad. No mataría a nadie aquel día. Sin embargo su tarea debía ser ejecutada. Repartió alrededor del caserío una serie de trapos impregnados de aceite. Cuando terminó prendió cada uno de ellos con la antorcha que había llevado consigo para tal propósito.
El fuego se propagaba por las vigas y ventanales de madera de forma voraz. Cuando estuvo seguro de que el ardería por completo sin más ayuda, abandonó el lugar. A la mañana siguiente solo encontraría ruinas y escombros.
El huidizo sentimiento le paralizaba pero su decisión estaba tomada. Se dirigió hacia la casa que se presentaba a su izquierda. Cortijo andaluz, paredes blancas, portalón de grandes dimensiones sobre el que se apoya el balcón principal de la vivienda; a ambos lados, ventanales en los que prevalecía la proporción vertical de manera que la poca altura del caserío era disimulada por éstos, haciéndola imponente a la vista. Se sintió diminuto al picar a la puerta.
Silencio. Llamó de nuevo. "¡¿Quién vive?!" dijo. No hubo respuesta.
Dio una vuelta alrededor de la casa y comprobó que no había nadie, lo que sofocó su ansiedad. No mataría a nadie aquel día. Sin embargo su tarea debía ser ejecutada. Repartió alrededor del caserío una serie de trapos impregnados de aceite. Cuando terminó prendió cada uno de ellos con la antorcha que había llevado consigo para tal propósito.
El fuego se propagaba por las vigas y ventanales de madera de forma voraz. Cuando estuvo seguro de que el ardería por completo sin más ayuda, abandonó el lugar. A la mañana siguiente solo encontraría ruinas y escombros.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)