20 de enero de 2010

Maravillosa.

Si es que cada cosa que pueda decir con palabras
lo verás con cada una de las puertas que abras.
Si es que no hace falta que te dedique un poema
para que sepas que pienso dedicarte la vida entera.

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9 de octubre de 2009

El labrador y el señor Titiritero.

Consideré la posibilidad de levantar la piedra para ver las hormigas que había debajo, pero descarté la idea para evitar mancharme las manos de tierra y mugre, así que decidí seguir caminando por el camino que me llevaría hasta Villa-Camino, un pueblo situado en lo más alto de un monte muy alto llamado Monte-Alto. Justo antes de comenzar a subir la colina me encontré con un entrañable labrador que se dedicaba a labrar la tierra con una azada. El Sol pegaba de lo lindo, ya era una hora muy poco aconsejable para seguir trabajando bajo el azote de los látigos del astro rey.
- Señor, le va a dar a usted algo si sigue trabajando con este sol.
- ¿Y qué quieres que yo le haga hijo?
Pensé que estaba claro, además, ya se lo había dicho yo. "Deje usted de trabajar, señor" fueron las palabras que se me pasaron por la cabeza. Sin embargo, no las pronuncié porque pensé que esa opción ya la había considerado el entrañable labrador. De modo que me puse ojiplático y miré para otro lado. Y claro, me dio por pensar. Suelo ser así, cuando estoy solo y en silencio, me da por pensar en cosas de diversa índole. Es un defecto/afecto poco definido. El pensar me roba tiempo de ocio pero me ayuda a compartir mis inquietudes con las personas con las que mantengo conversaciones de más de cinco minutos.
Pensé tanto que llegó a darme pena del entrañable labrador. Así que decidí ayudarle para que pudiese terminar antes y no estuviera mucho más tiempo expuesto a un evitable riesgo de insolación.
- Señor, ¿tiene usted una azada? me gustaría ayudarle y que, de esta manera podamos subir juntos hasta el pueblo.
- Te lo agradezco muchísimo, el señor Titiritero se sentirá muy feliz de saber que su tierra estará preparada para recibir el Verano.
- ¿Trabaja usted para el señor Titiritero?
- No.
El labrador siguió cavando contentísimo los surcos para sembrar las habas y los tomates. Lo miré unos instantes y me encojí de hombros. Empecé a cavar con una azada que me mostró mi compañero. Cavamos juntos en silencio durante un buen rato hasta que decidí volver a curiosear.
- Y dígame señor, si usted no trabaja para el señor Titiritero, será entonces que este señor es su amigo y está ayudándole porque él no puede venir a labrar su tierra.
- El señor Titiritero no es mi amigo. - Detuvo su trasiego y me miró directamente a los ojos. - Cuando subamos a Villa-Camino le contaré la historia, pero ahora hemos de terminar antes de que el Sol nos provoque una insolación. Recuerde que tenemos que subir el Monte-Alto y que nos queda poca agua.
Nuevamente ojiplático comprendí que mi nuevo amigo no era ni mucho menos un loco irresponsable. Sabía lo que se hacía. Terminamos poco después de que pronunciase aquellas palabras y subimos con suma pausa hasta Villa-Camino que, como ya he dicho, era un pueblo situado al final de un camino en lo alto de un monte muy alto llamado Monte-Alto. Cuando llegamos estaba atardeciendo y el entrañable labrador me ofreció un vino en el bar del pueblo antes de ir a su casa dónde me invitaría a cenar productos de la tierra. Me sorprendí al ver que el nombre del bar era "La Tasca del Titiritero".
- Señor, ¿este bar es propiedad del señor Titiritero?
- Sí.
- Debe ser un hombre muy destacado en este pueblo.
- Lo es. Es uno de los más ricos del pueblo.
Y yo me puse ojiplático de nuevo. Nos sentamos en la mesa más cercana a la puerta y el labrador cambió el gesto de tensión que le había acompañado toda la tarde. Se deseparramó sobre su asiento como el agua de un vaso volcado en una mesa.
- Bueno jóven, ha llegado la hora de contarte por qué estaba trabajando una tierra que no era mía sin que el dueño lo supiera (ni lo sabrá) y sin esperar cobrar nada a cambio.
- Nuestros vasos de vino serán testigos de que me lo cuenta.
- Resulta que hace dos meses mi hija se casó aquí mismo, en este bar, con un muchacho de Villa del Llano. El Titiritero se ofreció a organizarlo todo sin desear obtener a cambio recompensa alguna.
- ¡Qué gran detalle por su parte!
El labrador se removió en su asiento, se irguió y recobró su gesto de tensión.
- El señor Titiritero hizo esto por propio interés. Utilizó la boda de mi hija para darse notoriedad en el pueblo, a sí mismo y a su bar. Después de la boda de mi hija, todas las familias quieren organizar las bodas aquí, pero ahora obtiene beneficios económicos por ello. Este señor creó la necesidad de organizar bodas en lugares bonitos para así poder enriquecerse a costa del trabajo honrado de otras personas que antiguamente se casaban en cualquier lugar del campo. Pronto el alcalde sacará una ordenanza en la que dirá que estará prohibido organizar bodas y otras celebraciones en las calles sin permiso del ayuntamiento. De modo que por culpa de la boda de mi hija saldrá más caro casarse y más dinero caerá del lado de los más ricos.
- Señor, si está tan enfadado con el señor Titiritero no entiendo qué hacía trabajando su tierra sin que él lo supiera.
- Aunque su gesto fuese interesado, el señor Titiritero me ayudó, porque yo paso por muchos apuros económicos y de no ser por él, no me hubiera sido posible casar a mi hija de una forma de la que pudiera sentirme orgulloso.
- De modo que lo que usted quería era pagar una deuda.
- Eso es.
- Sin embargo... no me cuadra esto, porque él no sabe (ni sabrá) que fue usted quién le labró la tierra. Por lo tanto, nunca sabrá lo que hizo en señal de agradecimiento.
Ante este punto, el entrañable labrador calló y miró para otro lado encojiéndose de hombros. Hubo silencio por lo que tuve tiempo para pensar. Al cabo de un par de minutos encontré unas palabras. En mi cara se dibujó una sonrisa. Bajando la voz le dije:
- Su gesto sí que ha sido desinteresado. Señor, usted lo que quería era sentir que es mejor persona que el señor Titiritero.
Y de nuevo, hubo silencio. Fue el mejor vino que jamás probé.

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Cuéntame

Cuéntame tus recuerdos agazapados tras el delirio de la noche. Renuncia a la felicidad por la verdad y explícale a mis orejas lo que tu boca no es capaz de pronunciar. Me da igual que utilices metáforas, símiles, parábolas o hipérboles; me da igual que te lastimes la lengua o que se te escape la saliba cuando vayas a pronunciar la ese; incluso me da igual que utilices palabras o gestos. Es solo que me gustaría saber. Porque sino me cuentas...
Si no me cuentas, me dará lo mismo. Porque no habrás querido contarme cosas que tú crees que no me incumben o que no merece la pena que sepa. Todos tenemos secretos. Le ocultamos a algunas personas información que le contamos a otras y viceversa. Si no me cuentas, nadie sabrá o creerá saber más de ti que tú. Y no te imaginas hasta qué punto eso es una ventaja. De esta manera cuando te encuentres en una encerrona siempre tendrás un as en la manga o, al menos, sembrarás la duda de si lo tienes o no. Las personas sanas que se crean seguras de si mismas te tratarán con curiosidad y las personas inseguras te tendrán miedo, desconfianza o ambas u otra cualquiera por el estilo, pero ¿quién quiere conocer a fondo a personas inseguras? no se suele aprender mucho de ellas.
Si no me cuentas, no es que me de lo mismo, sino que aprenderé de ti y sentiré orgullo de conocerte.

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12 de septiembre de 2009

¿Sabes? me cuesta adaptarme a los cambios. No es que no me gusten, incluso algunos de ellos, no todos, me motivan y me ilusionan, hasta que llega algún problema que no se solucionar o, por resaltar aun más lo vago que soy, que no se si voy poder solucionar. Entonces me da por bajar los brazos, mirar para otro lado, esconderme... en fin, huir del problema.
Hay días en los que me siento una persona más. No me siento especial, como si no fuese nadie. Me da la sensación de no haber hecho nada grande en la vida a causa de ser tan inseguro.
Pero hoy no es ese día.
Porque hay días en los que duermo bien, me despierto con energía y resuelvo todo cuanto me da tiempo a solucionar. ¿Que cambia algo y aparece un problema? pues se asume y se acepta el problema, se aprende de los errores y se empieza a trabajar para subsanarlo todo y adaptarse a la nueva situación. Hay días que se me quedan cortos, porque voy sobrado.
Y hoy sí es ese día.



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15 de agosto de 2009

Conozca "El darse cuenta"

El texto presenta a dos personajes ubicados en un escenario abierto, parecen estar rodeados de naturaleza. El cielo es descrito como gris. Parece estar lloviendo ante la referencia hecha al final del primer párrafo de las gotas de agua de lluvia. En el tercer párrafo, la presencia de un trueno como testigo de los acontecimientos incita a colocar a los personajes en mitad de una tormenta.
Los personajes son presentados como "el menor" y "el mayor" dejando entrever, de esta manera, que lo que importa realmente es la diferencia de edad existente entre ambos. En una breve descripición (segundo párrafo) se muestran sus estados anímicos. El menor parece traumatizado, con miedo, enfermo o algo similar. El mayor está triste ("cabizbajo" dice el texto).
En el texto aparece escrito un breve diálgo entre los dos personajes. Una pregunta y una respuesta. El personaje mayor pide perdón al menor por los actos - sean cuales sean - que haya realizado. El menor le solicita que lo arregle.
Para entender el texto hay que comprender los siguientes puntos:
- Los personajes se ubican en el interior de una misma persona.
- El paisaje es la vida.
- La tormenta es un problema (el que sea).
- El último punto, que guarda relación directa con el título (el darse cuenta), no lo explico. A pensar.

10 de julio de 2009

El darse cuenta

Escondidos en un majestuoso y ondulado paisaje, laberintos de obsesiones se clavaban en las mentes de dos infelices martirizados por las vidas que les había tocado vivir. A cambio, toleraban sus respectivas presencias atrapados por el misterio del descubrimiento mutuo. El silencio, como invitado de excepción, contemplaba la escena iracundo, clavando puñales con forma de agua de lluvia.
El menor sacudía su cuerpo de atrás adelante con la mirada clavada en el gris del cielo. Temblaba de vez en cuando y respiraba de forma entrecortada. El mayor se encontraba a su lado, cabizbajo, reuniendo la valentía suficiente para pronunciar dos simples palabras.
- ¿Me perdonas?
Un trueno inundó sus palabras haciéndolas casi inaudibles. El niño recurrió al silencio como respuesta, calmando una ira inútil, midiendo su respuesta durante unos interminables minutos.
- Arréglalo.
El mayor supo que si no conseguía hacerlo podría despedirse de su vida.

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5 de mayo de 2009

La Trama IV

Caminaba torpemente por la orilla del camino, junto a la cuneta. Tenía la cara sucia por haberse limpiado las lágrimas con las manos manchadas del mismo carbón que rodeaba sus labios. Chasqueaba los dedos periódicamente, tratando de emular algún ritmo extraído de cualquier canción que hubiese escuchado poco antes de salir de aquella ciudad. Mantenía su mirada en el suelo mientras el zumbido de los coches y camiones que surcaban la no tan lejana autopista se atribulaba en sus oídos.
Había casas a su alrededor, salpicaduras blancas entre las suaves colinas de un color amarillento ensuciado por el marrón de la tierra. El cielo comenzaba a dorarse merced a un Sol de otoño acomplejado detrás del horizonte. Sumiso, comenzaba a dejar paso a una noche que se presumía fría. Los astros empezaban a ser gobernados por La Luna que ya se mezclada con el poco azul que aun resistía sobre él. Al frente el horizonte, detrás quedaba su pasado.
Sus pensamientos surcaban raudos su mente, atravesándola de un lado a otro como si de mil puñales se tratasen, ansiosos por sentirse cómodos con ellos mismos. Todo su ser era una eterna duda. Trataba de hacer desaparecer la macabra idea que le asaltaba constantemente en su interminable caminar, pero cuánto más lo pensaba más resuelto se sentía para llevarla a cabo. Tal vez si su hermana estuviese con él, tal vez ella pudiera decirle el camino a seguir, tal vez le diría qué opciones tenía, tal vez le reprendería por su huida. Pero ya no estaba. Aun no habían pasado veinticuatro horas desde que la perdiese. Tenía miedo y estaba solo. La noche se cerraba, la oscuridad le aprisionaba.
Las lágrimas afloraban en sus ojos y lo recordó todo una vez más. Tenía los gritos de Lidia incrustados en el tímpano. Eran como un pitido continuo, un zumbido agudo de un abejorro que se repite una y otra vez.
Entró en casa después de haber estado en la calle durante casi toda la tarde y escuchó un grito reprimido que provenía de la habitación de Lidia. Cuando entró y vio la dantesca escena quiso ayudarla pero le bloqueó el miedo. Escapó de las garras de uno de los gorilas cuando quiso agarrarlo y salió corriendo de allí como un cobarde. Sin embargo, no llegó muy lejos. Tropezó y cayó escaleras abajo dándose varios golpes en brazos y piernas. Cuando consiguió levantar la cabeza sintió un fuerte golpe en su espalda y luego otro...
Se despertó al cabo de unas horas, de noche, en el suelo del salón de su casa con la boca llena de carbón. Supuso que se lo introdujeron para que no pudiese gritar si se despertaba. Se supo atado de pies y manos, a penas podía respirar y el carbón le producía arcadas. Se zarandeó de un lado a otro y sintió dolorido todo el cuerpo. Vio que estaba sobre un charco de sangre y comprendió entonces la paliza que le habían propinado. ¿Le habrían dado por muerto? Tras unos minutos de esfuerzo consiguió hacerse con la pequeña navaja que llevaba en el bolsillo trasero de su pantalón y cortó las cuerdas con las que le habían atado. Le extrañó comprobar que eran las que conformaban el tendedero del patio.
Cuando consiguió levantarse se fue directo al dormitorio de su hermana. Yacía atada al cabecero de la cama desnuda y con la cara desfigurada. Vio todos y cada uno de los repugnantes actos que había sufrido incrustados en su cuerpo. La dejaron sin alma, sin vida. Cayó al suelo y estuvo en silencio con la mirada perdida durante casi una hora. Después salió de allí como conducido por una fuerza extraña que le alejaba de ella. Acabó durmiendo junto al puente romano, mirando La Mezquita.
Existían en él una mezcla de sensaciones entre las que se encontraba la culpabilidad. Consideraba que no es que no hubiese podido ayudarla, sino que ni siquiera lo intentó. Divagaba perdido en un sinfín de lamentos cuando oyó un estruendo proveniente de la autopista que lo sobresaltó.
Una hilera de coches aun visibles se extendía a lo largo de la carretera con dirección a Sevilla. Una columna de humo negro ocultaba una colina sobre la que se alzaba un pueblo desconocido.
"¿Y ahora qué?" se preguntó. Caminaba con grandes zancadas, mirando al frente, balanceando sus hombros de izquierda a derecha, casi sin cojear. Iba a ver lo que ocurría con la firme intención de no volver sentirse un cobarde.

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