17 de diciembre de 2012

La extraña pero curiosa historia del R5.

Sevilla, 2002

Nunca había deseado tanto estar de vuelta. El ronroneo del coche le acompañaba. Atrás quedaba la casa paterna que cada fin de semana visitaba. El lunes se abriría como tantos otros: libre de imposiciones, haciendo las cosas a su ritmo.

Luis llevaba más de una hora en carretera y estaba a punto de llegar. Había decidido parar la radio para escuchar detenidamente si algo andaba mal en aquel motor que contaba ya más de veinticinco años. Aquel Renault 5 surcaba la autopista a la nada despreciable velocidad de cien kilómetros por hora. Ya había quedado atrás aquella fusión entre el sol y un horizonte familiar, plano, plagado de verdes campos de trigo.

Al llegar a Sevilla pudo despejar su duda: no había partido de fútbol. La Avenida de la Palmera estaba casi desierta. Era un domingo de primavera con sensaciones invernales, salpicado por una lluvia que recientemente había formado unos charcos de dimensiones considerables junto a las aceras. La avenida se ofrecía más ancha y profunda que de costumbre. La oscuridad de la noche, cerrada, sin luna, permitía vislumbrar dos líneas de farolas que terminaban uniéndose en un punto.

Como siempre había hecho, giró a la izquierda en la calle justamente anterior al Benito Villamarín, a continuación giró a la derecha y volvió a mirar con una sonrisa la imagen que ofrecía el estadio de fútbol.
Desde que empezara a ir a Sevilla para estudiar en la universidad siempre había visto en aquel estadio una fiel imagen del tópico español. El estadio Benito Villamarín -por aquél entonces denominado estadio Manuel Ruíz de Lopera- había sufrido el comienzo de una reconstrucción total.

Sin embargo, las obras nunca han llegado a terminarse, de tal manera que en la actualidad existe una mitad del estadio, la que presenta fachada a la Avenida de la Palmera, que está terminada y luce un aspecto que da una sensación de modernidad y riqueza. En cambio, la otra mitad del estadio, la menos transitada, la que menos se ve, está aun sin terminar y, sin dejar de ser unas instalaciones aceptables, carecen de la rimbombancia  que poseen las de la parte nueva.

Tuvo suerte y consiguió encontrar un hueco en el que aparcar casi en frente del portal del piso en el que residía. Era inusual encontrar la Avenida de la Reina Mercedes tan despoblada. Normalmente no era tan fácil estacionar. Incluso era muy corriente que los conductores aparcasen en doble fila y dejasen sin echar el freno de mano cuando abandonaban el vehículo. De esta manera, el dueño del coche cuya salida quedase obstaculizada tenía la opción de empujar al situado en doble fila para conseguir el hueco necesario por el que poder salir. Que Luis conociera, era el único lugar del país en el que se practicara y se permitiera esta práctica. 

Iba a dejar el coche un minuto al ralentí, tal y como le había aconsejado su padre. Pero el motor, para su sorpresa, se detuvo una vez el vehículo se hubo detenido por completo. Sin salir de su asombro, pudo ver como de la parte delantera salía una cantidad de humo nada despreciable. Asustado, salió del coche y abrió el capó. Una amarillenta y viva llamarada de fuego lucía reluciente encima del motor del coche.

Después de quedarse boquiabierto durante unos instantes y de ahogar un grito de socorro que nadie hubiera podido oír, reunió la lucidez suficiente para darse cuenta de que necesitaba urgentemente un extintor. Corrió desesperado hasta llegar a un bar que había justamente delante del lugar en el que había aparcado. El camarero, ajeno a todo lo que fuera estaba pasando, le explicó que no tenía extintor en el local y que preguntara en el kebab de al lado. Mientras Luis corría hacia donde le habían indicado, no dejaba de preguntarse cómo era posible que un local no tuviese extintores. "Tal vez el camarero haya pensado que le estoy tomando el pelo y ha pasado de mi", pensó.

Un chico uniformado de rojo, pelo castaño y ojos oscuros atendió inmediatamente su ruego. Ambos salieron corriendo hacia el automóvil. El camarero cargaba con el extintor, lo que para Luis fue un verdadero alivio ya que no estaba seguro de saber utilizarlo. Un polvo blanquecino apareció encima del motor y el fuego se sofocó inmediatamente. Roció un par de veces más la zona para evitar que se reavivara la llama.

Cuando todo hubo terminado y ambos habían comentado lo sucedido a Luis le surgió una pregunta evidente:

- ¿Y ahora qué hago? - su corta edad salió a relucir en su gesto.
- Pues como no llames a la grúa... - Indicó el camarero mientras miraba al local que había dejado sin atender. - Yo tengo que irme. Suerte.

Después de rebuscar entre los papeles de la guantera, Luis encontró un número de teléfono. La grúa apareció unos veinte minutos más tarde. El gruísta, que dijo entender de mecánica, le hizo saber que lo mejor era irse despidiendo del coche, aunque no atinó a confirmarle cuál había sido el problema. Quedaron en que la grúa llevaría el Renault 5 al taller más cercano y que al día siguiente podría visitarlo para que le indicaran cuál había sido la causa del incendio. A aquella hora de la noche, Luis ya no deseaba tanto estar de vuelta. Un problema así le complicaría la semana. Si lo sucedido le hubiera ocurrido en casa, sus padres se hubiera ocupado de todo. Supuso que aquella era una de las partes que iban acompañando a la madurez y a la independencia. Tenía que empezar a hacerse cargo de sus problemas.

A la mañana siguiente, después de las clases, Luis recibió una llamada.

- ¿Luis Guerrero?
- Sí, soy yo.
- ¿Es tuyo el Renault 5 que salió ardiendo anoche?
- Sí, es mío. - Contestó temiendo lo peor.
- Mira... que el coche ha arrancado esta mañana sin problemas...
- ¿Cómo? - Luis no daba crédito - ¿Pero si anoche estaba ardiendo?
- No tengo ni idea de lo que pudo pasar anoche, - contestó el mecánico casi ríéndose - pero a ese motor le queda cuerda para rato.

Después de todo lo que sufrió el coche la noche anterior, a Luis no le cupo la menor duda de que el mecánico tenía toda la razón.


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

11 de diciembre de 2012

El pequeño (e ingenuo) bailarín de claqué

Érase una vez que se era un pequeño bailarín de claqué que un buen día decidió dedicar unas cuantas de horas a la semana a ejercitar su cuerpo en un gimnasio.
La primera vez que entró, el pequeño bailarín de claqué se quedó muy sorprendido de la cantidad de máquinas que allí había. Él no sabía para qué servía ninguna, así que decidió ir a preguntar a la primera persona que allí encontró.
El robusto hombre al que se acercó tenía embutidos dentro de su ropa ajustada tal cantidad de músculos que el pequeño bailarín de claqué se preguntó si él también tendría escondidos en su cuerpo tantos músculos como aquel hombre. Su estatura era enorme y su corpulencia ocupaba un volumen que podría triplicar el que ocupaba el enjuto cuerpo del pequeño bailarín de claqué.
- Buenas tardes buen hombre - Dijo el bailarín interrumpiendo al hombre robusto que estaba trabajando en una de aquellas complicadas máquinas. - Quisiera realizar algunos ejercicios , pero es la primera vez que vengo a un gimnasio y no tengo mucha idea de qué es lo que tengo que hacer.
El hombre robusto, que ni siquiera devolvió el saludo al pequeño bailarín de claqué, echó una amplia mirada al cuerpo entero del bailarín.
- Pregunta al esbelto chico rubio que está allí. Él te dirá lo que tienes que hacer. - Y continuó levantando pesas y resoplando cada vez que éstas alcanzaban su punto más elevado.
El pequeño bailarín de claqué, como pez fuera del agua, se dirigió torpemente hasta el lugar en el que se encontraba el esbelto chico rubio que charlaba con una mujer. El bailarín esperó pacientemente a que el esbelto chico rubio terminara de hablar con ella. Cuando éste hubo terminado y se giró hacia él se percató de que, sin querer, el pequeño bailarín de claqué se había quedado mirando la cara de la mujer que había estado conversando con él.
- Dime. - Dijo.
Los pensamientos del pequeño bailarín de claqué se vieron interrumpidos de tal manera que no pudo evitar pronunciar en voz alta lo que estaba pensando.
- ¿Por qué esa mujer con la que hablabas viene maquillada a un gimnasio?
El esbelto chico rubio no pudo reprimir una sonrisa en la que se reprimía una expresión confusa.
- Eres nuevo ¿no? ¿Tienes alguna pregunta? - Eludió educadamente.
- Sí, soy nuevo. La verdad es que es la primera vez que vengo a un gimnasio y no tengo mucha idea de qué es lo que tengo que hacer.
El esbelto chico rubio asintió.
-Ven conmigo. Te enseñaré lo que tienes que hacer para ir empezando.
Después de un calentamiento de unos veinte minutos en los que ya empezó a sudar copiosamente, el pequeño bailarín de claqué pudo comprobar durante las siguientes dos horas cómo funcionan una gran cantidad de las máquinas que había en el gimnasio.
Cuando terminó se dirigió exhausto hacia los vestuarios donde se duchó, se vistió trabajosamente, se puso gomina en el pelo y se acicaló debidamente para dirigirse a su casa.
Al salir a la  calle se encontró con el esbelto chico rubio quien lo miró con una sonrisa fingiendo extrañeza.
- ¿A dónde vas tan arreglado?
- A casa. - respondió casi turbado.
El esbelto chico rubio sonrió extrañamente mientras se alejaba sin pronunciar una palabra más. El pequeño bailarín de claqué se encogió de hombros mientras veía a aquel chico perderse entre la gente de la ciudad.
- - - - -
Mientras tanto, a solo unos kilómetros de allí, una mujer lloraba desconsolada en una cocina. Había vuelto cinco minutos tarde y su marido no toleró tal falta. El hombre que un día juró amarla para siempre ni siquiera preguntó por qué se había retrasado antes de azotarla.
Ella pensaba que no debería haberse maquillado. Perdió esos cinco minutos en desmaquillarse antes de volver a casa. Bastante había conseguido engañando a su marido una hora a la semana para ir a un gimnasio.
Tuvo que conformarse con sentirse guapa solamente dentro de su casa.


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

14 de noviembre de 2012

¿Pájaro, árbol o mala hierba?

Imaginad una isla. Una isla a la que no haya llegado aun la mano del hombre. Una isla en la que los seres que la habitan viven en armonía dentro de un ecosistema en el que todos dan y reciben de todos. Un intercambio mutuo, una supervivencia en conjunto.

Sin embargo, en este ecosistema, evidentemente, hay seres que aportaban más a aquella comunidad y otros que no tienen la posibilidad de aportar demasiado.

Los seres que más aportan no son otros que los propios árboles que conforman el bosque. Enormes moles centenarias que dan cobijo a muchos otros seres y que se defienden en conjutno de las inclemencias meteorológicas que a menudo maltratan este lugar. La ausencia de un árbol dentro de un bosque frondoso solo la notan aquellos seres  que se cobijan a su amparo para subsistir, para no ser devorados por el mundo.

Son los seres vivos que habitan en los árboles o en sus alrededores los que han escogido a lo largo de la evolución depender de otro ser vivo para sobrevivir. De esos seres vivos que dependen del árbol que se seca, los que pueden moverse como los pájaros,  tratarán de encontrar otro árbol en el que cobijarse. Cuando lo encuentran inician una nueva vida dependiendo del nuevo árbol que los mantendrá a salvo. Estos animales se adaptan al cambio dependiendo de otro árbol.

Por otro lado está el lugar donde el árbol se encontraba, un lugar que finalmente será un hueco que los árboles de alrededor también notaráns. A algunos de ellos les alcanzará más el sol ahora que no está el vecino y otros sufrirán con mayor intensidad las embestidas del viento y las lluvias. Pero los árboles no se mueven, se adaptan al cambio clavando sus raíces al suelo.

Pero las malas hierbas mueren. No pueden moverse, han vivido siempre al amparo de la sombra de su árbol y del agua de lluvia que recogen sus hojas. Estas malas hierbas no consiguen adaptarse.


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

13 de noviembre de 2012

Se acaba el tiempo.

El lúgubre ambiente que reina en la sala es rematado por el humo que se desprende del cigarro instalado en la mano de aquella chica que custodia en su mirada toda la tristeza que se abre paso ante sí.

A través de la ventana, un niño de unos cinco años camina cabizbajo arrastrando lo que pareció ser en su momento un pequeño peluche de color naranja. Ahora el muñeco es un tétrico trapo rellenado con cualquier material sintético que otro niño puso allí no hace tanto tiempo en un lugar que en este momento ya no parece tan lejano.

Al otro lado de la calle, un edificio de dos plantas se consume por las llamas mientras hay personas que, desde la terraza, piden auxilio para salvar sus vidas. Hay siete metros de altura. Ya son varios los que se han arrojado a la calle. Algunos están heridos, otros tuvieron peor suerte.

La chica es morena, tiene los ojos oscuros y cuenta los veintitrés años. Vive en la frontera. Allí donde los que comen a diario todavía comen a diario. Su lugar es el de aquellos que, sin saberlo, están viendo lo que les espera.

Ella se pregunta quiénes son los culpables de lo que está pasando, se pregunta qué puede hacer para solucionarlo. Sentada, inmóvil, sin hacer nada. El cigarro se ha consumido, el cenicero está cerca y el paquete de tabaco aun lo está más. El tiempo se consume calada tras calada.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

31 de diciembre de 2011

El señor Delfin en el parque de María Luisa

El señor Delfín era un hombre mayor que se hacía notar allá donde iba, aunque él no lo pretendiera. Él siempre creía vestir de una manera con la que pasaba desapercibido.
Lo cierto es que normalmente usaba ropa negra, pantalones y americana, mezclada con sus camisas blancas que, con el paso del día, iban soltándosele de debajo del pantalón, lo que le daba un aspecto bastante desaliñado. A eso habría que sumarle que, desde que murió su mujer, la lavadora y la plancha habían dejado de ser unos electrodomésticos que usase con frecuencia, por lo que solía aparecer en público con manchas y arrugas en sus prendas. Todos sus zapatos eran negros sin cordones y de punta ancha. 
Estaba claro que no conseguía pasar desaparecibido. Ya fuese verano o invierno él siempre llevaba la misma indumentaria aunque en los días más calurosos del año solía prescindir de la americana y se remangaba las mangas de la camisa dejando asomar unos antebrazos esqueléticos, carcomidos por el paso del tiempo y la falta de ejercicio. El pelo que tenía en ellos empezaba a tornarse tan blanco como el que poblaba su cabeza y que no desentonaba con la palidez de su cara. 
Solía arrastrar su mirada de ojos tristes y azules mientras paseaba por el parque de María Luisa como si nada más allá de sus siguientes cinco pasos le importase en el mundo. Su paso era firme, lento y seguro. Sus manos siempren iban sujetándose la una a la otra en la parte baja de su espalda.
No es de extrañar que las personas que lo veían deambular todos los días por el parque pensasen que el señor Delfín era un pobre diablo olvidado del mundo que no tenía a nadie que pudiera cuidar de él. Pensaban que se trataba de una de esas personas que no está bien de la cabeza.
Un buen día en el que el sol brillaba en una tarde reluciente de Mayo, el señor Delfín, que se sentía observado por los cocheros, tenderos, kioskeros y demás habituales del parque, se acercó a Antonio, uno de los tenderos que se dedicaba a comerciar con chucherías y globos para los niños.
- Disculpe, no quisera importunarle, pero huele usted mal.- Había levantado la vista para fijar su mirada en los ojos de Antonio mientras le hablaba.
Antonio, que gastaba pocas entendederas con las complejidades de la mente del señor Delfín, se echó a reir, hizo caso omiso a su comentario y le espetó:
- Lárgate viejo, aquí el que huele mal eres tú con esas pintas que llevas... - Elevaba la voz mientras se alejaba el señor Delfín que, una vez había hecho su comentario, había continuado con su paseo.
Al cabo del rato, el señor Delfín ya se había ido y Antonio seguía trabajando. Era un día muy entretenido ya que muchos niños se acercaban a mirar, pero, por el motivo que fuese, no conseguía vender mucho en aquellas fechas, así que dedicaba mucho tiempo a aburrirse mientras la frase del señor Delfín taladraba su mente. Inconscientemente bajaba su cabeza mientras levantaba alguno de sus brazos y aspiraba con la nariz para comprobar su olor corporal. "Pues yo no huelo nada" pensaba. Pero también sabía que cuando uno se acostumbra a su olor corporal, no es consciente del contraste que hace con los olores circundantes y por tanto del olor que uno desprende. 
Pasó así el resto del día. Tal fue su paranoia que al caer la noche, cuando se encontraba cenando junto a su mujer y su hija, Antonio no soportaba más la duda que le había provocado el comentario del señor Delfín y preguntó al aire.
- ¿Huelo mal hoy?
Las miradas de sus dos chicas seguían inmiscuidas en sus platos a la vez que se desprendían de los labios de su hija unas palabras tambaleantes e indecisas:
- ¿Por qué preguntas eso papá? - Antonio la miraba con la intención de recabar la información que él pretendía conseguir pero no encontró nada.
- No es nada niña, es que hoy se me ha acercado un loco que siempre anda por el parque y me ha dicho que huelo mal, pero es que yo no me noto nada.
- Pues yo creo que hueles normal papá. - titubeó la niña.
Y la noche transcurrió como si aquello no hubiera pasado. Pero a la mañana siguiente, Antonio decidió asearse más concienzudamente, se echó algo de colonia en el cuello y en las muñecas y, de camino al trabajo, compró un desodorante para cubrir el olor que pudiera provocar el sudor de sus axilas. Parecía ridículo, pero se había propuesto cambiar sus hábitos aquel día únicamente por el comentario de aquel viejo. Incluso había decidido cambiar su indumentaria habitual. Había cogido la ropa que solía llevar los domingos cuando iba a ver a su Betis y se la había enfundado consiguiendo un aspecto algo más juvenil del que solía aparentar.
Aquel día el señor Delfín dió un par de vueltas al parque pasando por delante de Antonio sin que pareciera que el viejo reparase en su presencia. Iba a caer el sol por el horizonte cuando Antonio, harto de esperar que el señor que siempre vestía de negro reparase en su cambio de look, se acercó a él y le dijo:
- Oye viejo, ¿hoy también huelo mal?
El viejo le miró extrañado.
- Perdone, ¿le conozco?- Antonio le miraba perplejo.
- ¿Ayer mismo me dijiste que olía mal y hoy ni siquiera te acuerdas de mi? Es verdad lo que dicen: estás como una chota.
El señor Delfín no cambió el gesto, seguía serio escrutando su mirada, hasta que en una décima de segundo posó sus ojos en el tenderete de Antonio, acto seguido una chispa de lucidez aparecía en su mirada y una media sonrisa en su rostro. Entonces se volvió para seguir con su paseo y cuando ya se alejaba le preguntó sin girarse:
- ¿Cómo ha ido el día Antonio? ¿has vendido más que ayer? - Y el silencio envolvió la realidad del humilde tendero.
Desde aquel día, Antonio cambió su forma de asearse para siempre.


Moraleja 1: En ocasiones, es en las pequeñas cosas donde está el motivo por el que las grandes suceden o no.
Moraleja 2: Puedes aprender algo de cualquier persona que te encuentres en tu camino.


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

24 de octubre de 2011

...de poder.

Valiente, seguro de si mismo, decidió desembarcar de su nave para adrentarse en esa espesa selva consciente de que lo que veía tras ella, en el horizonte, era el lugar que había estado buscando durante años.
Pero la selva era densa, se sentía observado por los innumerables animales que podía habitarla. Lobos, serpientes, hienas, panteras, cocodrilos y todo un helenco de maquivélicas bestias dispuestas a hacer que se quedase en el camino.
Llegó a pensar que esas bestias tenían el objetivo de impedirles el paso, pero en el fondo sabía que lo que realmente querían era saciar un insaciable apetito...

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

6 de abril de 2011

Poner los pies en el suelo.

Cayó, cayó y cayó y una hoja enorme paró su caída. Se levantó y oteó el horizonte. No veía como seguir bajando pero tenía que hacerlo. Comprendió que el mejor camino era seguir cayendo, así que se abalanzó sobre el vacío y siguió cayendo. Esta vez fueron un par de metros. Aterrizó sobre una enorme rama que le enseñaba el camino hasta el tronco de aquel gigantesco árbol. Enseguida pudo ver la senda, pudo ver el fin de su camino, el principio de otro. Eran unos cuantos metros nada más, estaba ilusionado, parecía casi conmovido.

Por fin llegó a tierra firme y solo entonces se dio cuenta de que no era para tanto.


Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.