Sevilla, 2002
Nunca había deseado tanto estar de vuelta. El ronroneo del coche le acompañaba. Atrás quedaba la casa paterna que cada fin de semana visitaba. El lunes se abriría como tantos otros: libre de imposiciones, haciendo las cosas a su ritmo.
Luis llevaba más de una hora en carretera y estaba a punto de llegar. Había decidido parar la radio para escuchar detenidamente si algo andaba mal en aquel motor que contaba ya más de veinticinco años. Aquel Renault 5 surcaba la autopista a la nada despreciable velocidad de cien kilómetros por hora. Ya había quedado atrás aquella fusión entre el sol y un horizonte familiar, plano, plagado de verdes campos de trigo.
Al llegar a Sevilla pudo despejar su duda: no había partido de fútbol. La Avenida de la Palmera estaba casi desierta. Era un domingo de primavera con sensaciones invernales, salpicado por una lluvia que recientemente había formado unos charcos de dimensiones considerables junto a las aceras. La avenida se ofrecía más ancha y profunda que de costumbre. La oscuridad de la noche, cerrada, sin luna, permitía vislumbrar dos líneas de farolas que terminaban uniéndose en un punto.
Como siempre había hecho, giró a la izquierda en la calle justamente anterior al Benito Villamarín, a continuación giró a la derecha y volvió a mirar con una sonrisa la imagen que ofrecía el estadio de fútbol.
Desde que empezara a ir a Sevilla para estudiar en la universidad siempre había visto en aquel estadio una fiel imagen del tópico español. El estadio Benito Villamarín -por aquél entonces denominado estadio Manuel Ruíz de Lopera- había sufrido el comienzo de una reconstrucción total.
Sin embargo, las obras nunca han llegado a terminarse, de tal manera que en la actualidad existe una mitad del estadio, la que presenta fachada a la Avenida de la Palmera, que está terminada y luce un aspecto que da una sensación de modernidad y riqueza. En cambio, la otra mitad del estadio, la menos transitada, la que menos se ve, está aun sin terminar y, sin dejar de ser unas instalaciones aceptables, carecen de la rimbombancia que poseen las de la parte nueva.
Tuvo suerte y consiguió encontrar un hueco en el que aparcar casi en frente del portal del piso en el que residía. Era inusual encontrar la Avenida de la Reina Mercedes tan despoblada. Normalmente no era tan fácil estacionar. Incluso era muy corriente que los conductores aparcasen en doble fila y dejasen sin echar el freno de mano cuando abandonaban el vehículo. De esta manera, el dueño del coche cuya salida quedase obstaculizada tenía la opción de empujar al situado en doble fila para conseguir el hueco necesario por el que poder salir. Que Luis conociera, era el único lugar del país en el que se practicara y se permitiera esta práctica.
Iba a dejar el coche un minuto al ralentí, tal y como le había aconsejado su padre. Pero el motor, para su sorpresa, se detuvo una vez el vehículo se hubo detenido por completo. Sin salir de su asombro, pudo ver como de la parte delantera salía una cantidad de humo nada despreciable. Asustado, salió del coche y abrió el capó. Una amarillenta y viva llamarada de fuego lucía reluciente encima del motor del coche.
Después de quedarse boquiabierto durante unos instantes y de ahogar un grito de socorro que nadie hubiera podido oír, reunió la lucidez suficiente para darse cuenta de que necesitaba urgentemente un extintor. Corrió desesperado hasta llegar a un bar que había justamente delante del lugar en el que había aparcado. El camarero, ajeno a todo lo que fuera estaba pasando, le explicó que no tenía extintor en el local y que preguntara en el kebab de al lado. Mientras Luis corría hacia donde le habían indicado, no dejaba de preguntarse cómo era posible que un local no tuviese extintores. "Tal vez el camarero haya pensado que le estoy tomando el pelo y ha pasado de mi", pensó.
Un chico uniformado de rojo, pelo castaño y ojos oscuros atendió inmediatamente su ruego. Ambos salieron corriendo hacia el automóvil. El camarero cargaba con el extintor, lo que para Luis fue un verdadero alivio ya que no estaba seguro de saber utilizarlo. Un polvo blanquecino apareció encima del motor y el fuego se sofocó inmediatamente. Roció un par de veces más la zona para evitar que se reavivara la llama.
Cuando todo hubo terminado y ambos habían comentado lo sucedido a Luis le surgió una pregunta evidente:
- ¿Y ahora qué hago? - su corta edad salió a relucir en su gesto.
- Pues como no llames a la grúa... - Indicó el camarero mientras miraba al local que había dejado sin atender. - Yo tengo que irme. Suerte.
Después de rebuscar entre los papeles de la guantera, Luis encontró un número de teléfono. La grúa apareció unos veinte minutos más tarde. El gruísta, que dijo entender de mecánica, le hizo saber que lo mejor era irse despidiendo del coche, aunque no atinó a confirmarle cuál había sido el problema. Quedaron en que la grúa llevaría el Renault 5 al taller más cercano y que al día siguiente podría visitarlo para que le indicaran cuál había sido la causa del incendio. A aquella hora de la noche, Luis ya no deseaba tanto estar de vuelta. Un problema así le complicaría la semana. Si lo sucedido le hubiera ocurrido en casa, sus padres se hubiera ocupado de todo. Supuso que aquella era una de las partes que iban acompañando a la madurez y a la independencia. Tenía que empezar a hacerse cargo de sus problemas.
A la mañana siguiente, después de las clases, Luis recibió una llamada.
- Sí, soy yo.
- ¿Es tuyo el Renault 5 que salió ardiendo anoche?
- Sí, es mío. - Contestó temiendo lo peor.
- Mira... que el coche ha arrancado esta mañana sin problemas...
- ¿Cómo? - Luis no daba crédito - ¿Pero si anoche estaba ardiendo?
- No tengo ni idea de lo que pudo pasar anoche, - contestó el mecánico casi ríéndose - pero a ese motor le queda cuerda para rato.
Después de todo lo que sufrió el coche la noche anterior, a Luis no le cupo la menor duda de que el mecánico tenía toda la razón.
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